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Hay cuatro razones por las que “De repente, el último verano” es una obra maestra, compleja y sofocante, un intrigante y atormentado drama sureño. Por un lado tenemos al genial Joseph L. Mankiewicz, que ya había demostrado su categoría como escritor (dos Oscars) y director (otros dos Oscars) con “Carta a tres esposas” (1949) o “Eva al desnudo” (1950). Por otro lado estaba el mítico dramaturgo Tennessee Williams, en plena cumbre de su popularidad gracias a las inigualables “Un tranvía llamado deseo” (Elia Kazan, 1951) o “La gata sobre el tejado de zinc” (Richard Brooks, 1958); en las que ya desarrollaba el tema de la homosexualidad, que aquí vuelve a representarse como un secreto inconfesable. El encargado de adaptar la obra al cine fue el polémico y prestigioso escritor Gore Vidal (el mismo año que colaboró en el guión de “Ben-Hur”), cuya sinceridad y conciencia crítica imprimió intensidad a la retorcida historia original.

En la Nueva Orleans de los años 30, Violet Venable (Katharine Hepburn) es una viuda de clase alta que ingresa a su sobrina Catherine Holly (Elizabeth Taylor) en una clínica psiquiátrica. Violent pretende que el doctor Cukrowicz (Montgomery Clift) le realice una lobotomía.

El cuarto pilar de este sofocante thriller dramático, construido a partir de unas pocas secuencias inusualmente largas (lo que remite a su origen teatral), es un impresionante reparto en estado de gracia: la turbadora belleza de la Taylor (la tórrida escena de la playa forma parte ya del imaginario cinematográfico universal), en la época en la que comenzaba a ser considerada como actriz seria (tras “Gigante”, 1956, de George Stevens); la veterana maldad sibilina de la Hepburn (sencillamente sobresaliente en cualquier rol); un Montgomery Clift impagable, que daba profundidad a su personaje con los problemas de su vida real (enganchado a los calmantes y el alcohol tras sufrir un accidente en 1956 que le causó diversas heridas en la cara); y, por supuesto, una serie de carismáticos secundarios (Albert Dekker, Mercedes McCambridge, Gary Raymond, …).

 

– Para interesados en los más retorcidos dramas sureños.

– Imprescindible para acercarse al lado más alternativo del cine clásico hollywoodiense.

 

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