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Tras el film australiano de culto, de ciencia-ficción y aventuras, “Espíritus del aire, gremlins de las nubes” (1989); Alex Proyas (“Dark City”, 1998, “Yo, robot”, 2004) saltó a Hollywood, aprovechando el prestigio granjeado gracias a spots televisivos y videos musicales, con esta infravalorada adaptación del cómic de James O’Barr que se convirtió en un clásico moderno por su cuidada oscuridad neogótica y su magnífica dirección artística (así como por la trágica y morbosa muerte del protagonista). Su ‘tour de force’ visual crea una atmósfera opresiva y amenazante, romántica y trágica, aderezada por las lúgubres y contundentes canciones de The Cure, Nine Ich Nails o Rage Against the Machine; que Proyas utiliza para impulsar la trama hasta lo más profundo de los conceptos de venganza o sacrificio, sin descuidar nunca su condición de entretenimiento puro (no falta acción o un memorable villano de cómic.

Durante la ‘Noche del Diablo’, el músico Eric Draven (el malogrado hijo de Bruce Lee: Brandon Lee) y su novia son salvajemente asesinados, poco antes de casarse, por una banda que trabaja para el bizarro gangster Top Dollar (Michael Wincott). Un año después, Eric volverá de la tumba, con diversos poderes sobrehumanos, para vengarse de los criminales que siembran el terror en la ciudad.

Los espíritus de Alfred Hitchcock o Dario Argento pasean por una Detroit deprimente y tenebrosa entre Gotham City y Los Angeles de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982). Pero la calidad de la puesta en escena de Proyas y su resplandeciente estética se vio ensombrecida por la muerte de Brandon Lee durante el rodaje (era su puesta de largo en el cine americano tras dos éxitos de bajo presupuesto: “Little Tokyo. Ataque frontal”, 1991, y “Rapid Fire”, 1992), lo que obligó a terminar el film con efectos digitales, dobles y oportunas sombras. Esto le proporcionó una popularidad extracinematográfica que convirtió el film en un enorme éxito de taquilla (daría lugar a tres secuelas, una serie de televisión y un reinicio con Jason Momoa de protagonista).

 

– Para amantes del cine gótico moderno (o postmoderno).

– Imprescindible para nostálgicos de los 90.

 

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