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Basada en la novela homónima del premio Novel Sinclair Lewis, “El fuego y la palabra” fue una nueva demostración del compromiso, valentía y profundidad del excelente guionista y director Richard Brooks (“Semilla de maldad”, 1955, “La gata sobre el tejado de zinc”, 1958, “A sangre fría”, 1967). El mundo de los predicadores evangelistas funciona como campo de cultivo para reflexionar sobre el papel de la religión, como sustento espiritual, guía moral o lucrativa empresa, en esta obra maestra que mezcla con contundencia la crítica social (a la hipocresía de la sociedad de los 50) y un discurso filosófico entorno a la relación entre lo espiritual y lo material. Brooks es igual de bueno con el melodrama, el romance y la denuncia; un impresionante reparto en estado de gracia (Jean Simmons, Shirley Jones, Dean Jagger, …) ayuda a perfilar psicológicamente a los personajes; sus estupendos diálogos convierten el film en una reivindicación del poder manipulatorio de la palabra; y su argumento es idóneo para estudiar teología, sociología, psicología y ética.

Elmer Gantry (Burt Lancaster) es un viajante oportunista y buscavidas que se convierte en predicador evangelista para hacer dinero. Pero el periodista Jim Lefferts (Arthur Kennedy) intentará desenmascarar las intenciones de Elmer.

“El fuego y la palabra” es mucho más que una película sobre el mercantilismo de la religión, es una mirada humanista y realista al mundo de las creencias; una crítica a los medios de comunicación (una nueva religión, una nueva creadora de dogmas); cuyo mensaje sigue siendo igual de pertinente a día de hoy. Un film hecho a base de fuerza desgarradora, pasión, un gran sentido del ritmo y el carisma de un memorable personaje protagonista que a pesar de contar con numerosas características que nos harían odiar a cualquiera (vividor, mentiroso y arribista), consigue hacerse un hueco en el corazón del espectador, porque al fin y al cabo es humano. El film no nos dice directamente donde está el bien y donde el mal, sino que más bien plantea una serie de preguntas que el espectador tiene que responder por sí mismo.

 

– Para amantes del mejor cine clásico con mensaje crítico.

– Imprescindible para admirar aún más a Burt Lancaster… o Richard Brooks.

 

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