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Basada en un relato corto de Robert Louis Stevenson (cuyas obras “La isla del tesoro” y “El extraño caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde” habían sido ya adaptadas en numerosas ocasiones), “El ladrón de cuerpos” supuso al menos tres cosas. Por un lado corroboró el talento retorcido del mítico productor de los años 40 Val Lewton (“La mujer pantera”, 1942, de Jacques Tourneur) para sacar partido a presupuestos ínfimos. Además resultó ser la última vez que dos mitos del terror como Boris Karloff y Bela Lugosi coincidieron en pantalla (la primera fue “Satanás”, 1934, de Edgar G. Ulmer). Y por si fuera poco, un joven Robert Wise comenzó a demostrar su habilidad para manejarse en el cine de género antes de escalar hasta el olimpo hollywoodiense (“Ultimátum a la Tierra”, 1951, “West Side Story”, 1961, o “La amenaza de Andrómeda”, 1971). El resultado es un entrañable film de horror criminal que nos traslada a un siniestro Edimburgo visto bajo el prisma del expresionismo alemán.

Inspirado en los crímenes reales de Burke & Hare (1827-28), “El ladrón de cuerpos” nos cuenta la historia del doctor MacFarlane (Henry Daniell); el cual obtiene cadáveres ilegales por medio de su cochero (Boris Karloff) para seguir con sus investigaciones.

El film desarrolla también una suerte de discurso moral en torno a la ciencia y la muerte que unido a su cuidada estética eleva su calidad. Val Lewton consiguió a dos estrellas en decadencia, pero cuyos nombres aún tenían tirón (fichó a Karloff, cansado de interpretar a Frankenstein, para otras dos joyas del terror de serie B: “La isla de la muerte”, 1945, y “Bedlam, hospital psiquiátrico”, 1946); y además coescribió el guión, añadiendo un pequeño papel para Lugosi, explotando su talento para las historias turbias, las atmósferas malignas y el cine comercial. Por su parte Karloff logró una de sus más memorables interpretaciones (aunque su carrera se extendería durante otras tres décadas, aprovechando su estatus de icono en clásicos como “El cuervo”, 1963, de Roger Corman, o “El héroe anda suelto”, 1968, de Peter Bogdanovich).

 

– Para coleccionistas de clásicos olvidados del cine de terror.

– Imprescindible para interesados en los iconos del cine de terror.

 

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