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A pesar de que a lo largo de su carrera muchas veces tacharon a John Ford (“Las uvas de la ira”, 1940, “Pasión de los fuertes”, 1946, o “Centauros del desierto”, 1956) de militarista, reaccionario, fascista o racista; con “El sargento negro” calló bocas con un efectivo discurso cinematográfico contra los prejuicios raciales. Y es que este drama judicial disfrazado de western (donde es más importante el diálogo que la acción) es uno de sus film más críticos. Ford se apuntaba a los movimientos sociales a favor de los negros, que surgían por todos lados en la época (la segregación racial se declaró ilegal en 1956), sin traicionar su contundente estilo a base de impresionantes planos en technicolor de su adorado Monument Valley (buena iluminación de Bert Glennon), ese sentido del humor ‘fordiano’ (perfecto complemento de su poderosa puesta en escena) y la idealización épica que a menudo recaía en la anacrónica figura de John Wayne (y que aquí tiene el rostro del carismático Woody Strode).

Poco después de acabar la Guerra de Secesión, Braxton Rutledge (Woody Strode), primer hombre de color nombrado sargento de la caballería de los EE.UU., es acusado de violación y asesinato. Los testimonios de los testigos durante el juicio recontruirán los hechos que llevaron al crimen.

John Ford nos habla también, en sus términos habituales, de la historia de los afroamericanos en EE.UU., añadiendo a los ‘Buffalo Soldiers’ (el 9º Regimiento de Caballería, primero enteramente de color) a su catálogo de iconos de la historia estadounidense del siglo XIX. Además “El sargento negro” es demostración de que Ford también se atrevió con westerns diferentes: esa estructura a base de flashback que recuperaría en “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962), su condición de western oscuro (racismo, la violación de una menor, asesinato, …) o el hecho de que sea una especie de film criminal (que mantiene el suspense sobre quién es el asesino a base de elipsis narrativas). No es una obra maestra pero contiene trazos del genio de Ford, y aunque hoy día su discurso parece un tanto superado… no es así.

 

– Para completistas de la obra de uno de los mejores directores de la historia.

– Imprescindible para estudiosos del cambio de paradigma en el western de los 60.

 

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