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Convertido ya en el rey de la serie B gracias a clásicos del género que poblaron los autocines de sesión doble durante los años 50 (“El día del fin del mundo”, 1955, o “Emisario de otro mundo”, 1957), Roger Corman se propuso demostrar su talento con una serie de adaptaciones de la obra de Edgar Allan Poe (“El péndulo de la muerte”, 1961, o “Historias de terror”, 1962) que poblaron el cine de los 60 de castillos malditos y elegantes villanos. “La máscara de la muerte roja” (séptima adaptación que hizo Corman) contó con un presupuesto más acorde con sus ambiciones; logrando un onírico cuento moral de terror, con una atmósfera asfixiante y una serie de simbolismos cromáticos (soberbia fotografía de Nicolas Roeg, director del clásico del horror moderno “Amenaza en la sombra”, 1972, donde también es muy importante el color rojo) que nos transporta a un mundo casi surrealista marcado por la belleza de su plasmación visual de la maldad.

Mientras una región italiana es asolada por una plaga conocida como la Muerte Roja, el príncipe Próspero (Vincent Price) se encierra en una fortaleza con sus amigos para evitar el contagio y celebrar las virtudes de Satanás. Una noche aparece un invitado inesperado.

Entre 1963 y 1964, Corman había dirigido 8 películas, demostrando que pocos directores combinaban tan bien la faceta de oportunista productor de cine de bajo presupuesto con sus aspiraciones artísticas (mucho más apreciadas en Europa que en EE.UU.); capaz de regalarnos una compleja reflexión sobre la relación entre la tentación y el mal, las debilidades humanas y la corrupción de la condición humana; así como de la ‘venganza divina’ personificada en la ‘muerte roja’. A la vez que orquesta un espectáculo estético de terror medieval (rodada en Inglaterra), satanismo, lascivia (el diablo como algo sensual, sexual), y un Vincent Price memorablemente diabólico; tan bien planteado y mezclado (esa sub-trama basada en otro relato de Poe: el cuento de venganza “Hop-Frog”) como realizado (junto con “La caída de la casa Usher”, 1960, la preferida por Corman de su ciclo de Poe).

 

– Para amantes del cine de terror de los 60.

– Imprescindible para cinéfilos seguidores de Edgar Allan Poe.

 

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