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Después del éxito de su ácido debut en la dirección (“Tira a mamá del tren”, 1987), Danny DeVito se dispuso a subvertir las clásicas historias de amor hollywoodienses con esta divertida sátira sangrante del matrimonio en forma de comedia negra. Basada en la novela homónima de Warren Adler, “La guerra de los Rose” se nutre de la explosiva química entre sus protagonistas y de un guión cargado de cinismo cruel que se ríe de las situaciones más dramáticas. Como en otras de sus realizaciones posteriores (“Matilda”, 1996, o “Smoochy”, 2002), Danny DeVito utiliza la sátira, y ciertas convenciones de cine de género, para tejer una parábola crítica de las convenciones sociales de las clases acomodadas; recayendo aquí en la institución del matrimonio, aplicándose en desmontar el mito del amor romántico, perfecto y eterno.

Oliver (Michael Douglas) y Barbara (Kathleen Turner) se conocen, se enamoran y se casan. Su matrimonio parece de lo más feliz hasta que un día sus pomposas vidas vacías, y algún que otro descuido, hacen que entre los dos surja una enemistad que los llevará a las cotas más altas de odio, codicia y miseria a las que pueda llegar una pareja.

DeVito recurrió a Douglas y Turner (con los que había coincidido en “Tras el corazón verde”, 1984, y su secuela “La joya del Nilo”, 1985), que estaban en su mejor momento (Kathleen Turner había sido nominada al Oscar en 1986 por “Peggy Sue se casó” de Francis Ford Coppola; y Michael Douglas había conseguido el galardón por “Wall Street” de Oliver Stone al año siguiente), y logró que sostuviesen sobre sus hombros una de las más cáusticas historias de desamor de todos los tiempos; un toma y daca de jugarretas y venganzas que llega a tomar el cariz físico de un cartoon de la Warner. Tal vez “La guerra de los Rose” podía haber sido más profunda o puede que su narración sea un poco irregular, pero lo que no se le puede negar a este puñetazo en la cara de las idealizadas películas románticas es su absoluta falta de complacencia, lo que siempre se agradece en un película de Hollywood.

 

– Para los que odian el romanticismo.

– Imprescindible para los que quieren apreciar más sus propias relaciones.

 

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