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Con diez largometrajes en casi 40 años, la poco prolífica, pero siempre efectiva, Kathryn Bigelow (que 20 años después sería la primera mujer en lograr el Oscar a la mejor dirección con “En tierra hostil”, 2008) debutó en solitario con esta atípica historia de vampiros modernos (tendencia en la época gracias a “Noche de Miedo”, 1985, o “Jóvenes Ocultos”, 1987) que mezclaba el western y las ‘road movies’ de moteros con los códigos del cine de terror en una entretenida, siniestra y original muestra de cine de género. Como haría posteriomente con el cine de acción (“Le llaman Bodhi”, 1991) o el de ciencia-ficción (“Días extraños”, 1995), Bigelow imprime a este relato de horror vampírico su vibrante sentido del ritmo, su fuerza visual y su interés por explorar la complejidad psicológica en personajes edificados sobre estereotipos; resultando un entretenimiento de primera para los fans de la acción, el terror o el thriller.

Caleb Colton (Adrian Pasdar) conoce una noche a la atractiva Mae (Jenny Wright), pero Mae no es lo que parece y le muerde en el cuello, convirtiéndolo en un vampiro. Caleb se unirá al grupo de Mae, unos vampiros, liderados por Jesse Hooker (Lance Henriksen) que viajan en una furgoneta en busca de sangre. Pero Severen (Bill Paxton) el más violento no se siente cómodo con Caleb en el grupo.

Una sugerente banda sonora del grupo de música electrónica alemán Tangerine Dream; la oscura y polvorienta fotografía de Adam Greenberg (responsable de las entregas de “Terminator”, 1984, dirigidas por el futuro esposo de Bigelow, James Cameron); un excelente reparto de rostros característicos (Tim Thomerson, Jenette Goldstein o el joven Joshua John Miller); y unos logrados efectos de maquillaje (que, como tiene que ser, no escatiman en sangre); complementaban la contundente puesta en escena de este recomendable film de culto que sabe integrar como pocos la estética del cine del oeste (esos ‘paisajes horizontales’ tan queridos por John Ford) con los claroscuros del cine de vampiros primigénio (el expresionismo de “Nosferatu el vampiro”, 1922, de F.W. Murnau).

 

– Para los que la dejaron pasar en los 80.

– Imprescindible para entender el fenómeno vampírico que desmbocó en “Drácula de Bram Stoker”.

 

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