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Basada en la popular pieza homónima de jazz orquestal de George Gershwin, “Un americano en París” es un icónico y fundacional ejemplo de ese ‘Musical Progresivo’ (experimentación estética, narrativa, melódica o conceptual) que estaba surgiendo en el Hollywood de los 50 como evolución de los musicales clásicos de los 30 y 40. Y es que El film reúne a dos de los grandes talentos del cine musical de todos los tiempos. Por un lado el director Vincente Minnelli, realizador de obras maestras del género (“Cita en San Luis”, 1944, o “Melodías de Broadway”, 1953), además de dramas tumultuosos (“Como un torrente”, 1958, o “Con él llegó el escándalo”, 1960) y uno de los grandes films de cine dentro del cine (“Cautivos del mal”, 1952). Por otro lado tenemos al virtuoso bailarín y subestimado actor Gene Kelly (“Cantando bajo la lluvia”, 1952), que además ideó las coreografías de este vitalista y lírico festival de colores y formas.

Jerry Mulligan (Gene Kelly) es un excombatiente de la II Guerra Mundial que en vez de volver a EE.UU. se queda en París para alcanzar sus sueño de ser pintor. Allí conocerá a Milo Roberts (Nina Foch), una millonaria que parece que quiere ser su mecenas.

“Un americano en París” es una carta de amor a la ciudad de las luces (y también al arte en general), una idealizada mirada a la vida bohemia de París con referencias artísticas a los pintores post-impresionistas, canciones como ‘I Got Rhythm’ o ‘I’ll Build a Stairway to Paradise’, unas excelentes dirección artística y vestuario (ambos oscarizados) y una mítica secuencia final de baile (17 minutos). Y es que Minnelli (demostrando su indudable talento para la puesta en escena) sabía combinar el lado más lúdico, artificial y frívolo del espectáculo hollywoodiense con la profundidad de temas más trascendentales (en este caso la creación artística y su recurrente relación con el amor imposible). Inevitablemente fue un enorme éxito de taquilla, además de 6 Oscars (incluido el de mejor película); y es que Minnelli, Kelly y Gershwin en una misma película… era imposible que de aquí no saliese algo bueno.

 

– Para amantes de los musicales clásicos.

– Imprescindible para saber porqué París es la ciudad del amor… y del arte.

 

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