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Basado en el famoso cuento tradicional (particularmente en las versiones de Charles Perrault y los hermanos Grimm), el decimosexto largometraje animado de Disney se enmarcaba dentro de una época de experimentación, de búsqueda de nuevos caminos dentro de los estudios Disney (“Alicia en el País de las Maravillas”, 1951, o “Peter Pan”, 1953, o “101 dálmatas”, 1961), además de contar con un presupuesto que doblaba el de films anteriores. Con una estética basada en los tapices medievales y en la obra de pintores renacentistas como Durero, Bruegel o Botticelli (y en formato Super Technirama 70, rodada en 35 mm y estirada hasta 70 mm); y su reinterpretación del ballet “La bella durmiente” de Tchaikovsky, como elección musical; “La bella durmiente” es un resplandeciente cuento de hadas (el último de Disney hasta la llegada, tres décadas descpués, de “La sirenita”, 1989) con momentos memorablemente mágicos y una villana realmente terrorífica (la cruel Maléfica), con dragón incluido.

Enfadada por no ser invitada al bautizo de la princesa Aurora, la bruja Maléfica laza una maldición sobre la pequeña: el día que cumpla 17 años se pinchará con el huso de una rueca y morirá. Pero gracias a la ayuda de una de sus tres hadas madrinas, en vez de morir caerá en un profundo sueño del que despertará gracias a un beso de amor verdadero.

A pesar de constituir un ambicioso ‘tour de force’ estético que realza el argumento clásico (rodada primero con actores reales, para ser utilizado el metraje como modelo para los animadores, donde encontramos leyendas como Chuck Jones o Don Bluth, que trabajaron en el proyecto casi una década); de su mítico diseño de producción (magníficos fondos de Eyvind Earle, impulsor del proyecto que abandonó el film antes del estreno por enfrentamientos con Clyde Geromini); su magistral uso del color; o el popular tema ‘Once Upon a Dream’ de Sammy Fain & Jack Lawrence; “La bella durmiente” es también uno de los largometrajes Disney más injustamente maltratados. La crítica señaló los paralelismos con “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), a pesar de que visualmente se desmarcaba del estándar clásico.

 

– Para coleccionistas de largometrajes de animación Disney.

– Imprescindible para amantes de las virguerías visuales y la experimentación en el seno de los grandes estudios.

 

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