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Tercera entrega de la ‘trilogía del silencio’ (junto a “Viaje a Cythera”, 1984, y “El apicultor”, 1986), que significó para el realizador griego Theo Angelopoulos (“El viaje de los comediantes”, 1975, o “La eternidad y un día”, 1998) uno de los hitos de su particular manera de indagar en el sentido de la vida, además de su primer gran éxito internacional. Con el viaje como excusa narrativa (muy recurrente en su obra) y como metáfora de la vida, el prestigioso director compuso una de sus más alabadas reflexiones sobre la condición humana, la paternidad y el tiempo a través de poéticas situaciones y bellas imágenes que lo hacen entroncar directamente con grandes filósofos fílmicos de la introspección como Bergman, Tarkovski o Dreyer. Triste pero esperanzadora, en “Paisaje en la niebla” Angelopoulos despliega toda su imaginería visual (su gusto por los encuadres pictóricos y sus lentos pero firmes movimientos de cámara) y conceptual (ese lírico uso de los simbolismos) para mostrarnos la fatalidad de la vida, pero también su carácter de única posibilidad.

El film sigue el periplo de dos niños griegos que buscan a su padre, el cual vive supuestamente en Alemania. Durante el viaje conocerán extraños personajes y superaran peligros y experiencias dolorosas; lo que los hará crecer por dentro mientras se adentran en el ‘brumoso norte’.

Aunque a menudo Angelopoulos se apoya en la imponente y melancólica presencia de algún prestigioso actor veterano al que utiliza de ‘alter ego’ (Marcello Mastroianni, Omero Antonutti, Harvey Keitel o Bruno Ganz), aquí pone su mirada en la infancia y la juventud de sus protagonistas. El estatismo del cine de Angelopoulos puede resultar exasperante a los que necesitan acción y movimiento perpetuo, pero forma parte de su serena manera de ver el cine y la vida. La triste y romántica banda sonora, con reminiscencias clásicas, de Eleni Karaindrou y la fría fotografía de Giorgos Arvanitis, abundante en tonos grises; nos ayudan a asimilar que la niebla es la vida, el futuro, ese camino incierto, cruel y emocionante que todos tenemos que afrontar.

 

– Para cinéfilos curtidos en las grandes epopeyas del alma.

– Imprescindible para los que estén cansados de la superficialidad y la frivolidad del cine comercial.

 

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