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A pesar de que el humor negro siempre ha sido una de las señas de identidad más reconocibles de Alfred Hitchcock, “Pero… ¿quién mató a Harry?” es probablemente la única película de su extensa filmografía que podemos considerar una pura comedia negra; una comedia de enredo (que roza lo absurdo) repleta de ingeniosos y sarcásticos diálogos, con una serie de entrañables y extravagantes personajes que juegan con su condición de estereotipos. Por medio de la novela de Jack Trevor Story, Hitchcock arremete con punzante acidez contra muchas de las instituciones sociales tradicionales (la medicina, el arte, las relaciones de pareja, las armas, …), además de reírse metalingüísticamente de los resortes de la intriga cinematográfica con un final que pone en tela de juicio todo lo sucedido. Pero el público no respondió muy bien a su argumento esperpénticamente macabro, a su condición de bizarra comedia romántica con cadáver juguetón.

En un bosque cercano a una pequeña población, aparece el cuerpo sin vida de Harry. El capitán Albert Wiles (Edmund Gwenn), lo encuentra mientras está cazando y, creyendo que lo ha matado el, decide enterrarlo. Poco a poco, con el desfile de personajes, iremos descubriendo quien era Harry y cómo murió.

El idílico paisaje otoñal de Vermont (fotografiado por Robert Burks, fetiche de Hitchcock) funciona de contrapunto irónico de una trama criminal que vuelve a profundizar en el tema del falso culpable (uno de los preferidos del director). Y aunque tal vez no tenga el suspense y la acción de otras películas del maestro (lo importante no es verdaderamente quién mató a Harry), pero estamos ante una demostración más del gusto de Hitchcock por la provocación y la experimentación. Además fue la primera colaboración de Hitchcock con el mítico compositor Bernard Herrmann (“Vértigo”, 1958, “Con la muerte en los talones”, 1959, o “Psicosis”, 1960) y el debut en el cine de una joven Shirley MacLaine. Un divertimento sencillo y directo con el que Hitchcock se tomaba un descanso de las ambiciosas producciones que estaban inundando su carrera.

 

– Para coleccionistas de los grandes hitos de la comedia negra.

– Imprescindible para interesados en las ‘obras menores’ del maestro del suspense.

 

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