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El director egipcio afincado en Canadá Atom Egoyan ya había recolectado premios y buenas críticas con sus films anteriores (“El liquidador”, 1991, o “Exótica”, 1994) cuando dirigió la que es probablemente su mejor película. De una manera superficial, “El dulce porvenir” nos habla del impacto de un suceso traumático en una pequeña comunidad; pero a la vez estamos ante un contenido e inteligente drama (basado en la novela homónima, inspirada en hechos reales, de Russell Banks), marcado por el sentimiento de culpa, acerca de la difícil asimilación de la pérdida que pasea sutilmente (pero con fuerza), y gracias a unas poderosas interpretaciones, por los rincones más desoladores del sentimiento humano. El hecho de que Egoyan no sea grandilocuente, ni sensiblero, su ritmo lento y contemplativo, la complejidad y ambigüedad de los personajes, además de una bella frialdad un tanto despegada en ocasiones, puede hacer que “El dulce porvenir” sea considerada demasiado cerebral; lo que no quita para que estemos ante cine de primera.

Cuando un autobús escolar se hunde en un lago helado con todos los niños de un pequeño pueblo, el abogado Mitchell Stevens (Ian Holm) intenta convencer a los padres para llevar el caso a los tribunales. Stevens conocerá también a la única superviviente del accidente: Nicole Burnett (Sarah Polley), una joven que ha quedado paralítica.

Atom Egoyan se mueve por esta dramática historia oscilando entre la frialdad realista más insoportable y una emoción casi poética; proponiendo una serie de reflexiones morales que delatan las intenciones de este francotirador de los deseos y miserias humanas (“El viaje de Felicia”, 1999, o “Remember”, 2015). Una narración no lineal que avanza y retrocede en el tiempo, mostrándonos dos historias paralelas, denota la modernidad de este drama demoledor, tan intenso como sorprendente; de este multipremiado (Cannes, Toronto o Valladolid) trasunto de ‘El flautista de Hamelin’ (al que hay varias referencias en el film), que junto a su música seudo-medieval, convierten el film en un macabro cuento de hadas.

 

– Para interesados en el drama humano como terapia.

– Imprescindible para completistas del cine independiente de los 90.

 

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