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Basada en el relato corto “Sardonicus” de Ray Russell (autor también de “El hombre con rayos X en los ojos”, 1963, de Roger Corman), “Mr. Sardonicus” es cine de terror macabro y con moraleja (aunque es más una excusa narrativa que una verdadera lección moral) en torno a la ambición; un gran ejemplo, enmarcado en la serie B, de cómo hacer gótico moderno, acercándose al espíritu de Edgar Allan Poe con la desvergonzada frescura lúgubre de William Castle (“La mansión de los horrores”, 1959, “Homicidio”, 1961, o “El caso de Lucy Harbin”, 1964). Como siempre, Castle despliega toda su imaginación para que no importe su bajo presupuesto logrando una atmósfera asfixiante donde poco importa la inverosimilitud del argumento o las inconsistencias en personajes o situaciones; “Mr. Sardonicus” es hora y media de loca evasión cinematográfica para los adolescentes de los 60 (y, ¿por qué no?, los de hoy día).

A finales del siglo XIX, el Baron Sardonicus (Guy Rolfe), cuenta al doctor Robert Cargrave (Ronald Lewis) su triste historia. El origen de sus traumas viene de cuando su padre fue enterrado con un billete de lotería premiado.

Rey de los ‘trucos inmersivos’ en la sala de cine (objetos que aparecen, asientos vibradores, presentaciones grandilocuentes, …), William Castle en persona interrumpe “Mr. Sardonicus” poco antes del final para realizar una votación con la que el público decidía con sus pulgares el destino del protagonista (aunque no hay pruebas de que en verdad se rodasen dos finales). Y es que “Mr. Sardónicus” es puro cine de entretenimiento palomitero, carne de sesiones dobles y autocines, sin muchas pretensiones críticas o artísticas; que buscaba explotar el éxito de otro de los gurús del cine de bajo presupuesto: “La caída de la casa Usher”, (Roger Corman, 1960). Pero además tiene una buena fotografía en blanco y negro del ganador de dos Oscars (por “De aquí a la eternidad”, 1953, y “Bonnie & Clyde”, 1967), Burnett Guffey; buenos actores, lo que no siempre ocurría en esta clase de producciones; cementerios, villanos deformes, avaricia, extravagancias e ironía.

 

– Para coleccionistas de joyas de la serie B.

– Imprescindible para los que ya hayan leído todo Poe.

 

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