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Aunque las expectativas tras el descomunal éxito de “Seven” (1995) provocaron una mala acogida en los cines, el tercer largometraje del antiguo director de videoclips David Fincher (convertido hoy día en uno de los más importantes directores de Hollywood gracias a “El club de la lucha”, 1999, o “La red social”, 2010) era un excelente ejercicio de suspense, oscuro, tramposo, pesadillesco, divertido, visualmente estimulante e ingenioso. Los guionistas John D. Brancato y Michael Ferris (responsables de “Terminator Salvation”, 2009, de McG) confeccionaron un juego de espejos entre la realidad y la ficción, repleto de sorpresas, giros de guión, violencia psicológica y elementos inquietantes; sumergiendo al espectador en una espiral de aventuras conspiratorias y alienación kafkiana con un trasfondo de crítica hacia la superficialidad de las clases altas (y a su desvinculación de las emociones reales).

Nicholas Van Orton (Michael Douglas) es un triunfante hombre de negocios al que todo le va bien en la vida, aunque se siente un tanto vacío por estar totalmente absorvido por su trabajo. El día de su cumpleaños, su hermano Conrad (Sean Penn) le regala un extraño juego: una empresa llamada CRS organizará un juego durante el cual Nicholas no podrá distinguir la partida de la realidad. Metido en una desafiante trama en la que su vida se pone en peligro, Nicholas conocerá a la bella Christine (Deborah Kara Unger).

El tiempo se ha ocupado de poner este thriller claustrofóbico y un tanto delirante, poseedor de algunos momentos de terror puro, en el lugar que se merecía como film de culto. Y es que “The Game” es puro cine de entretenimiento, con un argumento no excesivamente original, confeccionado con la calidad formal y conceptual de ese autor cinematográfico en ciernes que entonces era Fincher. A Fincher le interesaba más dosificar el suspense durante la narración o crear atmósferas inquietantes que desarrollar un discurso crítico; hacer su propia versión de los thrillers persecutorio-paranoicos de Alfred Hitchcock que poner de relieve el vacío del estilo de vida capitalista.

 

– Para amantes de retorcidos e improbables juegos de rol.

– Imprescindible para confeccionar el libro de estilo de David Fincher.

 

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