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El western estaba alcanzando la madurez gracias en parte a ellos cuando llegó la octava y última colaboración entre Anthony Mann y James Stewart, que ya nos habían dado obras maestras del cine del oeste como “Winchester 73” (1950), “Horizontes lejanos” (1952) o “Colorado Jim” (1953). Escrito por Philip Yordan, otro de los imprescindibles del western psicológico (escribió “Johnny Guitar”, 1954, de Nicholas Ray), “El hombre de Laramie” contiene violencia, ambiguedad moral, corrupción y un argumento fácilmente extrapolable a multitud de entornos diferentes; mezclando venganza, suspense, drama y romance en un equilibrio envidiable. En manos de Mann y Stewart el prototípico argumento de ‘pistolero-que-desafía-al-cacique-local’ se convierte en un intenso retrato psicológico de unos personajes complejos, humanos, alejados de los perfiles unidimensionales del western convencional (aquí nadie es el pistolero más rápido del oeste).

Tras morir su hermano a manos de los apaches, el militar Will Lockhart (James Stewart) intentará averiguar de donde salieron las armas que tenían los indios. Su empresa lo llevará a un pueblo controlado por un despiadado terrateniente.

Filmado en CinemaScope (y en Technicolor), Mann explota al máximo sus poderosos y bellos encuadres, evocando la pintura romántica (esos impresionantes cielos cargados de nubes como metáfora de la mente de sus personajes). Y es que Mann buscaba dignificar un género cuya popularidad se había degradado; imprimiendo un ritmo pausado (pero ágil) y construyendo con sutileza y parquedad los personajes y las situaciones (la trama está inspirada en parte por “El Rey Lear” de Shakespeare, pero trasladada a los dominios del western fronterizo). La habitual historia de venganza se suspende en aras de una suerte de parábola social, ruda y áspera que nos habla de como los poderosos explotan a las clases bajas. Rodada en escenarios naturales (lo que imprime realismo polvoriento), “El hombre de Laramie” es una de esas películas que lo mismo hace las delicias de mi abuelo que del crítico más exigente.

 

– Para acercarse al llamado ‘western psicológico’.

– Imprescindible para interesados en la evolución del cine del oeste.

 

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