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La última película del gran Stanley Kubrick (murió antes del montaje definitivo) completó una filmografía que se cuenta por obras maestras y una variedad de géneros poco habitual. Al cine negro (“Atraco perfecto”, 1956), la satírica, ciencia-ficción (“2001: una odisea del espacio”, 1968), cine de época, terror (“El resplandor”, 1980) o cine bélico, se sumaba este thriller dramático-erótico sobre las relaciones de pareja y el impulso sexual, tan crudo y perturbador como bello y enigmático. Kubrick se despidió corroborando su gusto por lo controvertido, lo profundo, lo minucioso (más de un año de producción, cambios de reparto, escenas repetidas hasta la extenuación, …), un brillante trabajo técnico y artístico y esas ansias de trastocar la mente del espectador. La objetiva (o fría) mirada de Kubrick parece otear desde lo alto los comportamientos del ser humano, sin tomar partido, dejando que saquemos nuestras propias conclusiones.

El matrimonio formado por William (Tom Cruise) y Alice Halford (Nicole Kidman) no pasa por su mejor momento cuando ella le cuenta unas fantasías sexuales que ha tenido con otro hombre. La vida de William, abrumado por esta confesión, comienza a orbitar en torno a nuevas experiencias sexuales.

Jugando con los límites entre la fantasía y la realidad, Kubrick compara las afectadas y sobredimensionadas expectativas sexuales del ciudadano medio con su verdadera actividad. Y es que pocas veces las relaciones sentimentales (y sexuales) han sido diseccionadas con tanta ambición y estilo como en esta película conceptualmente intensa y visualmente arrolladora. A Kubrick se le da igual de bien retratar quirúrgicamente el interior de la mente humana que convertir la puesta en escena en un festival de composición, iluminación, movimiento, simbolismos, … Basada en la novela corta “Relato soñado” (1925), del decadentista (movimiento que criticaba la moral burguesa) Arthur Schnitzler; y co-escrita por Frederic Raphael (guionista de clásicos de los 60 como “Darling” (John Schlesinger, 1965) o “Dos en la carretera” (Stanley Donen, 1967).

 

– Para cualquiera que tenga problemas de pareja.

– Imprescindible para los que se pregunten como sería el polo opuesto de las comedias neoyorquinas de Woody Allen.

 

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