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Aunque la serie de novelas de Edgar Rice Burroughs (veinticuatro de 1914 a 1965, las dos últimas póstumas) ya había sido lleva al cine anteriormente, fue “Tarzán de los monos”, y el carisma atlético del ex-nadador multimedallista Johnny Weissmuller, la verdadera responsable de presentar en sociedad al célebre icono popular. Esta adaptación de la primera novela, dirigida por el artesano todoterreno W.S. Van Dyke (“La cena de los acusados”, 1934, o “El prisionero de Zenda”, 1937), marcó los estándares de gran parte del cine de aventuras selváticas posterior a base de fieras, tribus, acrobacias, luchas, la mona Chita ejerciendo de resorte humorístico y un improbable romance de los que rompen barreras culturales. Una suerte de espectáculo circense bien hilvanado en una trama sencilla pero suficiente para que nos dejemos llevar por la ingenuidad y pureza de sus personajes y situaciones.

Jane (Maureen O’Sullivan) se une a la expedición de su padre en África para encontrar un cementerio de elefantes. Allí se cruzará con Tarzán (Johnny Weissmuller), un hombre salvaje por el que no tardará en sentirse atraída.

Las películas de Tarzán se convirtieron en una de las franquicias más populares del cine de la Gran Depresión; y es que el rey de la selva funciona como catalizador humano de las fuerzas de la Naturaleza, que como es habitual han de combatir contra el egoísta colonialismo occidental, que instrumentaliza y saca provecho económico del mundo natural; pero también es cine de aventuras para toda la familia, moralmente didáctico y entretenido. Tarzán desafía las hipócritas normal de la ‘civilización’ a base de respeto, bondad y coraje, ejerciendo de héroe clásico en toda regla. Y además, la belleza de O’Sullivan se muestra en todo sus esplendor con escenas subidas de tono impensables poco después con la llegada del Código de Moral Cinematográfico; y Weissmuller (que dedicó a Tarzán más de 15 años y doce largos) está imponente. Sin duda es difícil apreciarla sin cierta nostalgia o gusto por el cine clásico, dejando de la lado sus carencias técnicas y su simpleza argumental.

 

– Para amantes del cine clásico de aventuras.

– Imprescindible para conocer los orígenes de un mito del siglo XX.

 

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