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En una época en la que el cine del oeste había trasladado su actividad de Monument Valley a Almería, Sam Peckinpah (“Duelo en Alta Sierra”, 1962, o “Perros de paja”, 1971) rodó esta suerte de aproximación al espíritu del Spaghetti Western (incluso con cierto recursos de cámara más propios de un film de Terence Hill y Bud Spencer) a base de comedia, suciedad, temas espinosos y aspiraciones de parábola social. Aunque comparte su irónico tono crepuscular y ciertos códigos visuales, “La balada de Cable Hogue” se aleja de la estilización de la violencia de otros westerns de Peckinpah como “Grupo salvaje” (1969) o “Pat Garrett y Billy el Niño” (1973); utilizando el humor agridulce y la picaresca como motores de la narración. El tema del final del antiguo oeste, de la llegada de los nuevos tiempos, tecnológicos y racionales (el automóvil, el petróleo, …), es presentado aquí con una amargura más atenuada, sin la gravedad redentoria y resignada de otros westerns crepusculares.

Cable Hogue (Jason Robards) es un viejo buscavidas que es traicionado por sus compañeros y abandonado en el desierto. Allí encontrará agua y abrirá una parada para diligencias. Todo irá bien hasta que sus compañeros vuelven a aparecer.

En “La balada de Cable Hogue” hay armas, caballos, venganzas, desierto, una historia de amor y otros elementos tradicionales de género. Pero Peckinpah los combina para confeccionar una sarcástica tragicomedia que se asoma a la trastienda de esos épicos duelos al sol y de los pistoleros más rápidos del oeste; enfocando su simpatía hacia el eterno perdedor, el olvidado; alejándose de los tópicos del western clásico y llevando a su antihéroe por un paraje casi apocalíptico (las ruinas del antiguo oeste) poblado por buscavidas y supervivientes, dando un nuevo paso en la retroalimentación del cine del oeste americano con el spaghetti western. Además tenemos un impagable reparto de característicos del género (Strother Martin, Slim Pickens, L.Q. Jones o R.G. Armstrong) y las canciones con aire country que compusieron Jerry Goldsmith y Richard Gillis.

 

– Para buscadores del cine del oeste menos convencional.

– Imprescindible para estudiosos de la relación entre el western estadounidense y el europeo.

 

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