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Basada en una novela de Budd Schulberg (guionista de “La ley del silencio”, 1954, de Elia Kazan) que se inspiraba en el escándalo protagonizado en los 40 por el boxeador Primo Carnera (el cual demandó al estudio), la última película de Humphrey Bogart es una excelente muestra de cine negro de trasfondo pugilístico, con mafiosos, tongos, sobornos, comisiones y un perdedor en busca de su última oportunidad al que da vida el legendario protagonista de “Casablanca” (1942). “Más dura será la caída” es una feroz crítica a la corrupción que invadía el lucrativo mundo del boxeo, erigido a base de diálogos ingeniosamente afilados y contundentes escenas de combates (gran trabajo de montaje de Jerome Thoms) beneficiados por la competente puesta en escena de Mark Robson (que ya había dirigido otro clásico del género: “El ídolo de barro”, 1949).

Eddie Willis (Humphrey Bogart) es un periodista en horas bajas que acepta el trabajo del turbio promotor Nick Benko (Rod Steiger) para combertir al boxeador Toro Moreno (Mike Lane) en una estrella, aunque para ello tenga que mentir y manipular.

Y es que, al contrario que otros films de boxeo, “Más dura será la caída” no exalta la épica, el heroísmo, la fuerza o la disciplina de este deporte; sino que lo desmitifica, mostrando a los boxeadores como títeres y a los promotores y agentes como ambiciosos manipuladores sin escrúpulos. Se expone el conflicto universal entre hacer lo correcto y hacer lo queremos hacer, la a menudo amarga búsqueda de la integridad en un mundo corroído por la avaricia y la hipocresía; por medio de un argumento que, aunque afectado de cierta falta de credibilidad, mantiene el interés gracias a carismáticos personajes (e interpretaciones a la altura) y un discurso moral oscuro y apasionado. A pesar de tratar el mundo del boxeo, sus temas son fácilmente extrapolables a cualquier otro deporte y a cualquier otro marco temporal. A destacar la fotografía de Burnett Guffey, tanto en las calles de Manhattan como en tenebrosos interiores; y la banda sonora del veterano Hugo Friedhofer, con toques de jazz.

 

– Para amantes del cine negro clásico más original.

– Imprescindible para cinéfilos aficionados al boxeo y sus entresijos.

 

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