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Como una de las más personales miradas del cine independiente de cambio de siglo, la directora escocesa Lynne Ramsay (“Ratcatcher”, 1999, “En realidad, nunca estuviste aquí”, 2017) rompió su silencio de 9 años (desde “Morven Callar”, 2002) con otra de sus poderosas (pero frías y cerebrales) reflexiones psicológicas sobre el individuo en sociedad. “Tenemos que hablar de Kevin” es una sobrecogedora historia con reminiscencias reales (basada en la novela homónima de la autora estadounidense Lionel Shriver) que profundiza, con crueldad y cierta tendencia a la poesía visual, en la violencia, la inadaptación y la maternidad; una fatalista exploración psicológica de la mente, algo neutra y distanciada, como un territorio incierto y difícilmente correlacionable con el trato que se le da desde el entorno.

Eva (Tilda Swinton) es una escritora en decadencia que vive miserablemente, trabajando en una agencia de viajes. Eva es la madre de Kevin (Ezra Miller), un joven encarcelado al que visita regularmente.

El film va mostrándonos la evolución de Kevin, desde que era un recién nacido que no paraba de llorar, hasta un adolescente introvertido con mirada de psicópata. “Tenemos que hablar de Kevin” es un peculiar estudio sobre la configuración de la personalidad, sobre como interactúan los elementos innatos con el ambiente en una imprecisa proporción; convirtiendo a la figura de la madre en una suerte de atormentado ‘demiurgo accidental’ (uno de los grandes temas de la maternidad) sobre el que gira el drama de la película. Así podemos verlo como una crítica a la estupidez y la superficialidad de las familias modernas, y como estas dan como resultado hijos mimados y asociales; siempre desde un punto de vista políticamente incorrecto, con personajes atormentados y tragedias insalvables, y unas maneras quirúrgicas. O como una especie de película de terror (una madre acorralada por la culpa y un hijo con alma de depredador) pasada por el filtro de cierto cine independiente americano; con una estructura que va dosificando lo que el espectador averigua de la trama y unas maneras que intensifican la alienación y el extrañamiento.

 

– Para amantes del actual cine independiente americano (aunque sea una coproducción con Gran Bretaña.

– Imprescindible para psicólogos relativistas.

 

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