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Tras pasar por muchas manos, el proyecto de llevar al cine el libro biográfico de John Densmore (batería de The Doors) cayó en manos del controvertido Oliver Stone (que había ganado el Oscar al mejor director con su anterior film: “Nacido el cuatro de julio”, 1989); el cual llevó la historia de Jim Morrison y The Doors a su subjetivo terreno entre el retrato histórico, la psicodelia cinematográfica (que tendría su cima en “Asesinos Natos”, 1994) y la nostalgia emocional. Oliver Stone construye un biopic extravagante, sensacionalista y lisérgico que desató las iras de los más puristas del ‘Rey Lagarto’, pero que tiene en la música de The Doors, en su ecléptico reparto (plagado de cameos musicales), en un director (y guionista) que sabe de lo que habla, en la saturada fotografía de Robert Richardson (ganador de tres Oscars por “JFK” del propio Stone, 1992; “El Aviador”, 2004, y “Hugo”, 2011, ambas de Martin Scorsese) y en su esquizofrénico estilo razones suficientes para merecer la pena.

En forma de flashbacks, vemos como Jim Morrison (Val Kilmer), un joven estudiante de cine de la UCLA, se sumerge en la cultura hippie de los 60; como conoce a Ray Manzanek (Kyle MacLachlan), con el que crearía The Doors, su experimentación y abusos con las drogas, su ascenso a la fama, su estatus de icono sexual, sus delirios místicos y su decadencia y muerte.

Aunque irregular (desde su reparto a sus afectadas maneras) y algo pretenciosa (no menos que el propio Morrison), la película se convirtió rápidamente en un film de culto para los jóvenes de los 90 que no habían conocido al mítico cantante, fallecido 20 años antes. Y es que a pesar de sus defectos “The Doors” es una destacable ventana a una generación marcada por la experimentación y la contracultura; a una banda icónica cuya trayectoria camina paralela a la de los ideales de la época y su naufragio en los años 70 (Jim Morrison murió en 1971, a los 27 años). Un entretenido drama musical con el que conocer el contexto creativo y social de clásicos del rock americano como ‘Light my fire’, ‘Break on through’ o ‘The End’.

 

– Para amantes de la música de The Doors que no se preocupen por tonterías.

– Imprescindible para conocer al Oliver Stone más iconoclasta.

 

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