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Basada en la autobiografía que Hellen Keller (sorda y ciega) publicó en 1902 y en una obra de teatro escrita para televisión en 1957; “El milagro de Ana Sullivan” es un intenso ensayo cinematográfico sobre el lenguaje, la comunicación y el acto educativo: una oda al oficio de educador apoyada en las inspiradas interpretaciones de sus protagonistas (que lograron sendos Oscars). El artesano de la acción irónica Arthur Penn (“La jauría humana”, 1966, “Bonnie & Clyde”, 1967, o “Pequeño gran hombre”, 1970) puso su vigor narrativo y su solidez técnica al servicio de este doloroso pero esperanzador drama en el que las emociones estallan en auténticos duelos físicos. De gran valor didáctico, el film es un catálogo de métodos y herramientas de aprendizaje para disminuidos sensoriales (desde el papel de la familia y la férrea disciplina hasta el alfabeto manual táctil o la lectura labial), pero también es un profundo retrato psicológico y humano tanto de la ‘maestra’ como de la ‘alumna’.

Ana Sullivan (Anne Bancroft) es una maestra con un traumático pasado que es contratada por la familia Keller para ocuparse de su hija Hellen (Patty Duke). Hellen tiene siete años y desde muy pequeña es ciega y sorda, y su incapacidad para comunicarse la ha convertido en agresiva e incontrolable.

“El milagro de Ana Sullivan” va más allá de la corrección política y las convenciones morales para adentrarse en una relación tan compleja y pasional (la violencia controlada es un recurso didáctico en el film) como sus personajes. “El milagro de Ana Sullivan” sabe esquivar el lado más sensacionalista de esta historia con mensaje aún vigente, pero también la perspectiva más acomodaticia; construyendo un relato sobre la aceptación de la diferencia y la necesidad de ir más allá de nuestras particularidades (respaldado por la seca fotografía en blanco y negro del pionero del cine cubano Ernesto Caparrós). A la vez “El milagro de Ana Sullivan” es una historia de liberación, de la siempre difícil integración en la sociedad mediada por la superación de limitaciones impuestas por los sentidos.

 

– Para cualquiera interesado en ser educador.

– Imprescindible para coleccionistas de grandes duelos actorales.

 

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