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Basada en la obra del prestigioso novelista y filósofo griego Nikos Kazantzakis (adaptado también en “La última tentación de Cristo”, 1988, de Martin Scorsese); “Zorba, el griego”, bajo su aspecto de comedia dramática rodada en los bellos parajes de la isla de Creta, esconde una genuina disertación filosófica sobre la condición humana y la lucha constante entre los dos polos de esta (razón y pasión). El siempre comprometido con la cultura y tradición de su Grecia natal, Mihalis Kakogiannis (“Electra”, 1962, “Las troyanas”, 1971, o “Ifigenia”, 1977) compone un entrañable retrato del mundo mediterráneo a través de la gastronomía, los paisajes, las fiesta o las emociones. A esto ayudan la espléndida (y oscarizada) fotografía en blanco y negro de Walter Lassally y, por supuesto la icónica banda sonora de Mikis Theodorakis (con el popular tema ‘Zorbas’ al frente); a la que hay que añadir una coreografía ideada por Giorgos Provias que terminó por convertirse en un estilo recurrente en el baile folclórico griego.

Basil (Alan Bates) es un joven escritor inglés que viaja a Creta para reabrir una mina propiedad de su padre y superar su ‘síndrome de la página en blanco’. De camino conocerá a Zorba (Anthony Quinn), un tosco campesino que lo convence para que lo lleve con el.

La potencia arrolladoramente vitalista del gran Anthony Quinn es uno de los motores principales de esta coproducción griego-estadounidense; de esta oda al amor, la amistad y la vida. Y es que Zorba es una isla de bondad en un mar de codicia y alienación, el es la pasión, los orígenes que el personaje de Alan Bates (que representa el lado racional del ser humano) busca en esas costas griegas que vieron nacer la filosofía muchos siglos atrás. El conflicto entre lo apolíneo y lo dionisíaco presente en la filosófica novela original, se vuelve en “Zorba, el griego” mucho más accesible y asimilable; haciendo del film un recurso excelente para educar en conceptos filosóficos. Pero por encima de todo, “Zorba, el griego” es una película disfrutable, para reír y llorar, para no olvidar nunca.

 

– Para interesados en la cultura mediterránea y en la filosofía griega.

– Imprescindible para acercarse a una fuerza interpretativa de la naturaleza como fue Anthony Quinn.

 

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