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En colaboración con el productor Merian C. Cooper, el director Ernest B. Schoedsack estuvo al frente de algunos de los grandes hitos del cine de género en los primeros años del sonoro: las inquietantes aventuras de “El malvado Zaroff” (1932), la pionera película de monstruos “King Kong” (1933) o la ciencia-ficción terrorífica de “Dr. Cyclops” (1940). “El gran gorila” supuso el reencuentro de Schoedsack y Cooper con los primates de tamaño inverosímil; además de con el legendario especialista en efectos visuales y stop-motion Willis H. O’Brien (“El mundo perdido”, 1925), que esta vez iba acompañado de su alumno aventajado: Ray Harryhausen (antes de darse a conocer con “El monstruo de tiempos remotos”, 1953). El esquema de ‘la-bella-y-el-monstruo’ (aunque en este caso el monstruo no lo es tanto) vuelve a servir a Schoedsack para confeccionar un entrañable ejercicio de cine adelantado a su tiempo; que va de las aventuras africanas al cine catastrófico urbano con agilidad y un encantador sentido del espectáculo.

En 1937, Jill, una niña de 8 años que vive cerca del lago Tanganica, adopta a un pequeño gorila huérfano, al que llama Joe. Doce años después Joe mide casi 4 metros y llama la atención de unos americanos en busca de animales para un espectáculo.

A pesar de sus influyentes virtudes técnicas (logró el Oscar a los mejores efectos especiales), su sencilla historia, su condición de espectáculo comercial y su mensaje bienintencionado en torno a la relación del hombre con la Naturaleza; el fue un fracaso en taquilla que solo fue apreciado en posteriores reestrenos. El enorme gorila Joe se convierte en auténtico centro de una función que reproduce la estructura argumental de “King Kong”, pero con maneras más acordes con la corrección e ingenuidad del Hollywood de la época (sin la sensualidad y la violencia del film de 1933). Un entretenimiento de calidad, icónico y familiar, repleto de aventuras y acción, humor y suspense; a lo que hay que unir su valor histórico. En 1998, Ron Underwood dirigió “Mi gran amigo Joe”, amable remake Disney del film de Schoedsack.

 

– Para amantes del cine de género clásico.

– Imprescindible para interesados en la genealogía del mito moderno de ‘King Kong’.

 

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