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A pesar de rodar obras maestras como “La tragedia de Louis Pasteur” (1936), “El hombre que vendió su alma”, 1941, o “Jennie” (1948), el realizador alemán exiliado del nazismo William Dieterle no llegó a tener el reconocimiento de otros directores de su generación y compatriotas expresionistas. “Esmeralda, la zíngara” (adaptación de “Nuestra Señora de París”, 1831, de Victor Hugo) es posiblemente su película más popular, un tenebroso espectáculo gótico/romántico, con una impecable ambientación (se construyó un inmenso plató que incluía la catedral de Notre Dame) y liderado por un excelente Charles Laughton. Dieterle y un equipo técnico y artístico repleto de profesionales recrean la Edad Media tardía no solo estéticamente, sino también esa atmósfera cruel y supersticiosa en la que el pensamiento mágico convivía con los dogmas de la iglesia; desplegando una poderosa puesta en escena y una ágil narración en la que tienen cabida hasta momentos de humor.

En el París de finales del siglo XV conocemos a Esmeralda (Maureen O’Hara), una joven gitana que pide asilo en la catedral de Notre Dame. De ella se enamoran un joven idealista (Edmond O’Brien), Quasimodo (Charles Laughton), el campanero deforme y hasta el arzobispo de París (Cedric Hardwicke).

Siendo Dieterle judío y habiendo sido estrenada poco después del inicio de la II Guerra Mundial, el film retrata fielmente el París de la alta Edad Media (momento clave de la historia) estableciendo paralelismos con la situación en Europa (a través del fundamentalismo religioso, el racismo, la intolerancia, xenofobia o el miedo a lo diferente). Humanista e idealista como la obra original, “Esmeralda, la zíngara” es una historia de amor imposible, una revisitación del mito de “La Bella y la Bestia”; pero también es una oda a la cultura, al poder del conocimiento (mediado por la ‘diabólica’ imprenta) y su importancia en el proceso de emancipación de las cadenas impuestas por las clases altas. Gran trabajo de maquillaje de los hermanos Bau, pioneros en la utilización del látex, que permite expresar una gran diversidad de emociones.

 

– Para amantes de los romances góticos.

– Imprescindible para interesados en 1939, a menudo citado como el mejor año de la historia del cine.

 

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