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Basada en una de las novelas de aventuras más famosas de todos los tiempos (el clásico de Robert Louis Stevenson, “La isla del tesoro”, 1883), adaptada en más de una veintena de largometrajes (además de televisión, teatro o radio), “La isla del tesoro” no es solo una trepidante aventura con viajes a lo desconocido, piratas y peligros varios; también es una historia de crecimiento personal, de pérdida de la inocencia, importantes elecciones existenciales y descubrimiento del mundo adulto, repleto de engaños e hipocresía. El film de Victor Fleming (“Lo que el viento se llevó”, 1939, o “El mago de Oz”, 1939), con ese dominio clásico de la puesta en escena que lo descubrió como uno de los grandes artesanos cinematográficos de los 30, se convirtió en un icono instantáneo del cine de aventuras marítimas, además de una de las más populares traslaciones a la gran pantalla de la obra de Stevenson.

Jim Hawkins (Jackie Cooper, estrella infantil cuya carrera se extendió hasta los años 90) es el hijo de la dueña de una posada cerca de Bristol. Un día cae en su manos un mapa del tesoro que lo hará emprender un arriesgado viaje por mar.

Es difícil no dejarse llevar por el carisma del picaresco lobo de mar Long John Silver interpretado magnéticamente por Wallace Berry (que había ganado el Oscar por “El campeón”, 1931, de King Vidor), con su compleja relación paterno-filial con el protagonista, o por su entrañable recreación del rudo ambiente náutico de principios del siglo XIX (aunque en su momento no fue un éxito rotundo). Poco importa su añejo blanco y negro o su concepción un tanto inocente de la historia y los personajes, cuando estamos ante un entretenimiento atemporal de tal calibre; una de las grandes responsables que los niños de todo el mundo se pasasen décadas jugando a ser piratas, con parches en el ojo y patas de palo. Fleming volvió al género en la obra maestra “Capitanes intrépidos” (1937), donde intensificó los elementos dramáticos y emotivos; mientras que en “La isla del tesoro” predominan la acción, la intriga y el humor.

 

– Para los que no aguanten el cine familiar actual.

– Imprescindible para coleccionistas de clásicos de las aventuras marítimas.

 

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