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Aunque el llamado ‘cine de romanos’ llevaba años proporcionando exitosas superproducciones en Hollywood (“Sansón y Dalila”, 1949, “Quo Vadis”, 1951, o “La túnica sagrada”, 1953), fue el enorme éxito de este épico relato de aventuras histórico-míticas el detonante de la aparición de uno de los subgéneros más populares de la época: el Peplum. La adaptación cinematográfica más popular de “La Odisea” de Homero era una ambiciosa superproducción entre EE.UU., Francia e Italia cuya historia de aventuras heroicas con trasfondo fantástico, ambientadas en la antigüedad, sentó las bases argumentales y estéticas del Peplum. Rodada mayormente en los supuestos lugares reales de las peripecias de Ulises, el film de Mario Camerini (sólido artesano cinematográfico italiano famoso por comedias como “La bella campesina”, 1955, o “Crimen”, 1960) lleva al espectador por los pasajes más célebres del poema de Homero con agilidad, sin que decaiga su sentido del ritmo (buen uso de los flashbacks).

En la antigua Grecia, terminada la guerra de Troya, Ulises (Kirk Douglas) emprende el regreso a su patria: Itaca. Pero el viaje se verá interrumpido por numerosos problemas. Mientras tanto, en Itaca, su mujer Penélope (Silvana Mangano) tiene pretendientes como Antinoos (Anthony Quinn).

El mismo año que produjeron a Federico Fellini “La Strada”, los prestigiosos mecenas del cine europeo Dino De Laurentiis y Carlo Ponti también apostaron por este vistoso entretenimiento, un estupendo Kirk Douglas respaldado por estrellas y caras conocidas (de diversas nacionalidades) y acción, con llamativos efectos visuales y una atractiva (e idealizada) recreación de la época, con un gran trabajo fotográfico de Harold Rosson (variando la iluminación conforme avanza el viaje) y un elaborado vestuario. “Ulises” no es una obra maestra, tal vez pueda parecer demasiado ingenua, simple y cutre en ocasiones; pero estamos ante un clásico del cine de aventuras greco-romanas, divertido y atemporal, influyente e icónico, de esos que se marcan a fuego en la mente de los espectadores dispuestos a dejarse llevar por el.

 

– Para amantes del mejor cine de aventuras greco-latinas.

– Imprescindible para interesados en la asimilación europea de los géneros Hollywoodienses.

 

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