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Basada, con ciertas licencias, en la historia real del campeón junior de ajedrez Josh Waitzkin, “En busca de Bobby Fischer” es un emocionante, humano e inspirador relato de crecimiento vertebrado por la intemporal universal lucha por mantener el equilibrio entre la razón y el corazón; además de una certera y sensible mirada hacia la a menudo difícil situación de los niños ‘superdotados’, de las ‘infancias robadas’ y de lo importantes que son las decisiones que tomen sus padres, como tutores y modelos. El debutante Steve Zaillian (guionista de “La lista de Schindler”, 1993, o “Gangs of New York”, 2002) se mueve con corrección tanto en el ambiente ajedrecístico como familiar, logrando conmover, divertir y enseñar (gusta por igual a profesionales del ajedrez y a cualquiera que no haya echado una partida en su vida) evitando pisar terrenos excesivamente sensibleros. Una de las grandes bazas del film es un impresionante reparto de secundarios (Joan Allen, Laurence Fishburne, Ben Kingsley, William H. Macy, …) que acompañan con talento a la chispa inocente e inquisitiva de la mirada del joven Max Pomeranc.

Josh Waitzkin (Max Pomeranc) es un niño que comienza a sentirse atraído por el ajedrez viendo a los yonkis jugar en el parque. Su padre (Joe Mantegna) intentará alentarlo contratando a un estricto maestro.

A la vez que conocemos al protagonista, el film también nos relata la vida del esquivo, casi legendario, jugador de ajedrez Bobby Fischer, estableciendo paralelismos con el protagonista. “En busca de Bobby Fischer” es cine independiente con ciertas concesiones al cine más convencional; lo que hace que su visionado sea más ligero y accesible pero impide que vaya más allá en sus reflexiones sobre las clases sociales, las relaciones familiares o la educación en la infancia. Aún con sus defectos (la excesivamente dramática banda sonora de James Horner), el film de Zaillian (director y guionista), bajo la magnífica iluminación del multioscarizado veterano Conrad L. Hall (“American Beauty”, 1999), posee un irresistible encanto, por su sencillez y su falta de pretensiones.

 

– Para espectadores cansados de las habituales historias de ‘superación deportiva’.

– Imprescindible para cinéfilos amantes del ajedrez.

 

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