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Después de explorar temas tan diversos del cine criminal como los homicidios domésticos (“¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, 1984), los asesinos en serie (“Matador”, 1986) o los secuestros (“¡Átame!”, 1989), el director manchego Pedro Almodóvar vuelve a contarnos una historia con reminiscencias de cine negro con este retorcido pastiche genérico a base de melodrama, cine policíaco y humor. Aunque aún no había alcanzado el equilibrio perfecto entre las influencias del cine clásico, su amor por la transgresión, su intensa concepción visual y su profundidad conceptual (veasé “Todo sobre mi madre”, 1999), “Tacones lejanos” es un divertimento de primera perfecto para acercarse a un universo cinematográfico personalísimo, marcado por el travestismo, las relaciones materno-filiares, traumas del pasado, parejas en crisis, crímenes y muchos secretos.

Quince años después de abandonarla, Becky del Páramo (Marisa Paredes) vuelve a Madrid para ver a su hija (Victoria Abril), la cual está casada con Manuel (Feodor Atkine), antiguo amante de Becky. Manuel no tarda en aparecer asesinado.

“Tacones lejanos” supuso un punto de inflexión en la carrera de un Pedro Almodóvar cada vez más conocido en el extranjero; la culminación del vigoroso y extravagante cine que hizo en los 80, antes de ese primer trabajo de madurez que fue “La flor de mi secreto” (1995). Con la complicidad de un estupendo reparto de colaboradores habituales y la novedad de prestigiosos (y oscarizados) artistas internacionales como el compositor experimental Ryuichi Sakamoto (“El último emperador”, 1987) o el diseñador de decorados Pierre-Louis Thévenet (“Patton”, 1970); Almodóvar consigue un notable nivel técnico y artístico que en ocasiones no está respaldado por la maraña folletinesca en la que se convierte el argumento. Lo que si logra Almodóvar es compaginar el mejor cine de autor (con referencias a Ingmar Bergman o Max Ophüls) con su tendencia al fetichismo y la normalización de lo perverso; dando forma a un estilo que aunaba Douglas Sirk, el cine negro y John Waters con ritmo, frescura, emoción y entretenimiento.

 

– Para amantes del cine criminal con espíritu innovador y transgresor.

– Imprescindible para entender la evolución del que ya es el director más prestigioso, internacional y premiado del cine español.

 

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