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Tras más de una década trabajando en Hollywood, el ‘sello Hitchcock’ ya era garantía de calidad y éxito. Pero el celebérrimo realizador británico era un gran amante de la experimentación; de explorar nuevos temas, recursos, historias y posibilidades del lenguaje cinematográfico (siempre con el suspense como piedra angular). Así que a menudo público y crítica se sentían defraudados por el lado más valiente de su genialidad (“La soga”, 1948 fue un fracaso). “Yo confieso” es una de esas joyas incomprendidas en su época (entre dos obras maestras como “Extraños en un tren”, 1951, y “Crimen perfecto”, 1954), pero revalorizada posteriormente; un excelente thriller dramático que ahonda en conceptos como la confesión, la fe, la culpa, la penitencia o el arrepentimiento por medio de una impecable puesta en escena (plagada de metáforas visuales de la mente de los protagonistas), una sombría fotografía en blanco y negro de Robert Burks (inseparable de Hitchcock en la inigualable década de los 50), la contundente banda sonora, con reminiscencias religiosas, del mítico Dimitri Tiomkin o la impagable (y atormentada) presencia de Montgomery Clift.

Tras cometer un asesinato, el sacristán de una iglesia de Quebec confiesa su crimen al padre Logan (Montgomery Clift). Los problemas crecen cuando este se convierte en el principal sospechoso.

En “Yo confieso”, Hitchcock utiliza diversos elementos del catolicismo para desarrollar su recurrente argumento del ‘falso culpable’; demostrando su habilidad tanto en la creación de atmósferas y mantenimiento de la intriga, como en adentrarse en la psicología de los personajes; además de dejar ver su conocido gusto por la ironía y el humor negro. El director de “Psicosis” (1960) trata aquí muchos de los temas que han caracterizado su carrera (sexo, problemas conyugales, asesinato, chantaje, …), pero Hitchcock parece más interesado en acercar al espectador al lado más turbador y conflictivo del catolicismo (había estudiado en los jesuitas), que en sorprenderlo. A destacar un memorable final que, no obstante, no concuerda con el tono general del film.

 

– Para buscadores de ‘caras B’ en la obra del que es posiblemente el mejor director de la historia.

– Imprescindible para estudiosos de temas religiosos en el cine.

 

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