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Aún inseparable de las constantes estéticas (la suciedad o la cegadora iluminación) y conceptuales (ese afán desmitificador en torno a la mitología norteamericana) con las que Sergio Leone había forjado el Spaghetti Western, el género comenzó a empaparse de la larga tradición italiana de cine político. Con “Yo soy la revolución”, el especialista en thrillers Damiano Damiani (“El día de la lechuza”, 1971, o “Tengo miedo”, 1977) se codea con las incursiones políticas de Pasolini, Bertolucci o Rosi (hablándonos de ideales, lucha de clases, opresión, colonialismo, …) sin olvidar los elementos que habían convertido al Spaghetti Western en uno de los más populares de la época (compañerismo, violencia, polvo, algo de humor, crueldad, amoralidad, …). Es fácil dejarse llevar por el carisma de su protagonista, por las reconocibles melodías de Luis Bacalov (supervisado por Ennio Morricone) o por los paisajes almerienses (además de la estación de Guadix, donde Spielberg rodó “Indiana Jones y la última cruzada”, 1989).

El film sigue los pasos de Bill ‘Niño’ Tate (Lou Casel), un estadounidense que se ven envuelto en la Revolución Mexicana, entablando amistad con el Chuncho (Gian Maria Volonté) tras ayudar en el asalto a un tren para robar armas y venderlas a los revolucionarios.

El escritor marxista Franco Solinas (“Salvatore Giuliano”, 1962, de Francesco Rosi, o “La batalla de Argel”, 1966, de Gillo Pontecorvo) participó en el guión de este certero acercamiento a las causas y consecuencias de la Revolución Mexicana; dando lugar a lo que se llamó ‘Zapata Western’. “Yo soy la revolución” no es una obra maestra, es una serie B destacable, pero también un hito original y entretenido (admirado por directores como Fassbinder o Peckinpah) dentro de un género que se caracterizó por explotar hasta la extenuación fórmulas de éxito. Como en gran parte del eurowestern, hay que ser benevolente con ciertos aspectos del film consecuencia de su escaso presupuesto y su condición de cine de consumo; al menos si queremos poder apreciar su sugerente mezcla de acción, política e historia.

 

– Para los que estén cansados del cine político más cerebral y panfletario.

– Imprescindible para interesados en los grandes hitos del spaghetti western.

 

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