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Después de combatir en la II Guerra Mundial, Samuel Fuller (“Manos peligrosas”, 1953, “Corredor sin retorno”, 1963, o “Uno Rojo: División de choque”, 1980), que hasta ahora solo había sido acreditado como guionista, tuvo la oportunidad de convertirse en realizador en una serie de films independientes (y de bajo presupuesto para grandes estudios) donde demostró un talento poco común para hacer buenas películas con pocos medios. Armado de realismo (Fuller escribió el guión inspirándose en testimonios de excombatientes y en sus propias experiencias), polémica (se la acusó de pro-comunista y el Ejército se molestó por las crudas situaciones que mostraba), oportunismo (se estrenó antes de que terminase la Guerra de Corea, 1950-53, convirtiéndose en la primera película sobre esta) y buenas dosis de abstracción (propiciada, por ejemplo, por el uso de la niebla); Samuel Fuller construyó una historia bélica que evita caer en los tópicos habituales (su trama podría suceder en cualquier lugar y momento), tratando temas como el racismo o los silenciados campos de concentración para japoneses.

Junto a un joven surcoreano, el sargento Zack (Gene Evans) huye tras ser masacrado su batallón. Por el camino se les unirá el cabo Thompson (James Edwards), un medico afroamericano.

Aun con una esmerada e ingeniosa puesta en escena, esta compleja alegoría de la sociedad estadounidense de la época (representada en el variopinto grupo) no puede ocultar su condición de serie B (costó cien mil dólares y el rodaje duró solo diez días). Esto afecta a parcelas como la escenografía o las escenas de acción, pero no empaña el esfuerzo y la lucidez de un director que nunca llegó a ser verdaderamente apreciado en su país. Dejando de lado su humilde condición, “Casco de acero” es un buen film de guerra, con acción, compañerismo y miserias bélicas, rudo e impactante, agudo y atrevido; lo que demostró su enorme éxito de taquilla. Pero también es una película donde se puede leer entre líneas, profunda y original, cargada de crítica social, moral y política.

 

– Para coleccionistas de clásicos bélicos menores.

– Imprescindible para creyentes de las posibilidades del cine de serie B.

 

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