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Cuando se estrenó en los 80, “Muñeco diabólico” era una competente película de terror, entretenida y original pero imperfecta; un producto comercial que daba una vuelta de tuerca al cine de asesinos psicópatas que tanto éxito había tenido desde “La noche de Halloween” (John Carpenter, 1978). Pero hoy día, tras seis secuelas, cómics, cameos e incontable merchandising, este modesto film se ha convertido en el digno origen de uno de los más reconocibles iconos del terror moderno. Tras el éxito de “Noche de miedo” (1985), el especialista en cine de terror Tom Holland (“La suplente”, 1993, o “Shinner”, 1996) volvió a dar en la diana con este slasher sobrenatural que explota la contraposición entre el aspecto entrañable del asesino con sus violentas maneras e intenciones.

Charles Lee Ray (Brad Dourif) es un asesino en serie que antes de morir durante una persecución policial transfiere su espíritu, por medio de un ritual vudú, al cuerpo de un muñeco ‘Good Boy’, el cual termina en manos del niño Andy Barclay (Alex Vincent).

“Muñeco diabólico” mantiene bien la intensidad y el suspense, está rodada con cierta habilidad y tanto los apartados técnicos como artísticos son correctos; pero lo que verdaderamente destacó de esta ‘psycho killer movie’ fue el trabajo del creador de efectos especiales Kevin Yagher, que diseñó y dio vida al carismático e inquietante Chucky, inspirándose en un conocido muñeco de Hasbro (y en las Muñecas Repollo). Dejando de lado su atractiva premisa (que cuenta con cierta tradición en el género), su argumento de thriller puede ser bastante predecible; pero esto no mella su condición de divertimento ochentero, de film palomitero cargado de crímenes sádicos (hubo cierta polémica entre los sectores más conservadores, por supuesta incitación a la violencia en niños). Aunque “Muñeco diabólico” sigue siendo la mejor considerada de la saga, aún no desarrollaba todo el potencial irónico de Chucky, centrándose más en la investigación policial que en rellenar cuota de pantalla con las frases lapidarias, las cuchilladas y la cara amenazante del famoso juguete.

 

– Para coleccionistas de hitos del terror ochentero.

– Imprescindible para genealogistas de los iconos del terror moderno.

 

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