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El injusto fracaso de “La parada de los monstruos” (1932) casi finiquitó la carrera de Tod Browning (“El trío fantástico”, 1925, “Garras humanas”, 1927, o “Drácula”, 1931). Pero antes de retirarse aún tuvo tiempo de plasmar en “Muñecos infernales” su gusto por el cine de terror más extravagante (personajes grotescos, mezcla de géneros, tramas imposibles, …) explorando conceptos recurrentes en su filmografía como el engaño, las apariencias o el crimen como herramienta para arreglar el pasado. Una buena configuración de los personajes (con buenas interpretaciones), una de las más destacables puestas en escena de Browning, la partitura del gran Franz Waxman y el buen uso que se hace de unos ingeniosos efectos especiales artesanales que sorprendieron en el momento de su estreno (y aún siguen teniendo un encanto especial), elevan la calidad de esta joya olvidada tan disfrutable (o más) como en el momento de su estreno.

Paul Lavond (Lionel Barrymore) es un banquero que injustamente cumple condena por robo y asesinato en la Isla del Diablo. Allí conoce a Marcel (Henry B. Walthall), un científico que investiga la manera de reducir a las personas a un sexto de su tamaño.

Basado en una novela de Abraham Merritt, el guión de “Muñecos infernales” (en el que participó el mítico Erich Von Stroheim), materializado por la estupenda puesta en escena de Browning, se mueve igual de bien en la creación de suspense como explorando cierto sentido del humor (a menudo negro) proveniente de su carácter eminentemente ‘camp’. “Muñecos infernales” es una retorcida historia de venganza con forma de thriller dramático que demostraba el talento de Browning para convertir un argumento de serie B (y un presupuesto escaso) en una genialidad de autor. Extravagante y muy entretenida, esta macabra excentricidad que travistió a uno de los actores más prestigiosos de la época (y Lionel Barrymore sale de lo más airoso) también tiene espacio para cierta crítica social hacia los pocos escrúpulos de las instituciones bancarias (algo habitual en el cine posterior a la Gran Depresión).

 

– Para acercarse a uno de los directores más originales del Hollywood clásico.

– Imprescindible para coleccionistas extravagantes de perlas escondidas.

 

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