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Primera de las tres veces (después vendrían “Viridiana”, 1961, y “Tristana”, 1970) que el gran maestro del surrealismo cinematográfico Luis Buñuel adaptó la obra del máximo representante del realismo literario español, Benito Pérez Galdós. Luis Buñuel no solo traslada la acción a México, sino que elimina el interés de Galdós por el retrato social de la época, centrándose en la crítica religiosa, en la artificialidad y la condición paradójica de ciertos dogmas cristianos como la caridad, la piedad o la dicotomía bueno/malo. Aunque vista como una crítica sangrante a la religión católica (y a la sociedad), lo cierto es que “Nazarín” es más un ajuste de cuentas con la institución religiosa y el uso que esta ha hecho de una doctrina eminentemente buena. Eso si, desde el punto de vista pesimista y provocador del creador de “El ángel exterminador” (1962).

Nazarín (Francisco Rabal) es un humilde sacerdote que ejerce en México a principios del siglo XX. Nazarín ayuda a los pobres y necesitados aún por encima de su integridad personal, lo cual propicia una serie de conflictos con los que le rodean.

El argumento de “Nazarín” es una parábola que remite a la vida de Jesucristo, una historia sobre qué pasaría si el mesías predicase con sus actos el evangelio dos mil años después de cuando lo hizo. Ateo confeso, Buñuel señala el rechazo que los bienintencionados ideales cristianos provocarían en una sociedad cínica, prejuiciosa, ambiciosa y desconfiada; así como en la propia Iglesia, poniendo de relieve la hipocresía que esto demuestra. Con un presupuesto ínfimo, actores mediocres (aunque destaca un excelente Francisco Rabal, en su primera colaboración con Buñuel), la presión de los productores por hacer un film más convencional y apenas tres semanas de rodaje; el director de “Simón del desierto” (1965) logra una de las mejores películas de su etapa mexicana, desplegando toda su imaginería surrealista a base de atrevidas, agudas e ingeniosas simbologías visuales y secuencias tan crueles como malintencionadas servidas con una puesta en escena desprovista de cualquier adorno.

 

– Para coleccionistas de visiones ácidas de la religión.

– Imprescindible para reconciliarse con el cine religioso.

 

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