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La más famosa de las numerosas adaptaciones de la obra homónima de Emily Brontë (con muchas libertades y recortes) es una de esas conjunciones de talentos que solo podían darse en la época dorada de Hollywood; un tormentoso drama romántico que tal vez no termine de conectar con el público contemporáneo, pero que revolucionó el género explorando los límites entre el amor y el odio. El mítico productor Samuel Goldwyn (cofundador de la MGM) reunió a una serie de talentos incontestables para llevar a la gran pantalla esta historia (oscura y profundamente romántica) de relaciones imposibles y parajes que funcionan como metáforas de estas. Al frente puso a uno de los realizadores más premiados de la historia: William Wyler (“La loba”, 1941, “Vacaciones en Roma”, 1953, o “Ben-Hur”, 1959), que supo poner su espectacular concepción de la puesta en escena al servicio de las aspiraciones megalómanas de Goldwyn y de los conceptos tratados (también a base de simbologías) en el guión, escrito por dos oscarizados dramaturgos como Charles MacArthur y Ben Hecht.

El film parte de un largo flashback en el que se nos cuenta como el patriarca de los Earnshaw (Cecil Kellaway) acoge al joven Heathcliff; y como entre este y la hija de los Earnshaw (Merle Oberon) surge el amor.

Por otro lado tenemos un reparto plagado de estrellas (David Niven, Donal Crisp, Flora Robson, …) liderados por un joven Laurence Olivier en el papel que lo lanzó a la fama (al año siguiente se consolidaría con otro drama romántico: “Rebeca”); una impresionante, y oscarizada, fotografía de Gregg Toland (“Ciudadano Kane”, 1941), repleta de tonos fríos; la desgarradora partitura de Alfred Newman (ganador de 9 Oscars y más de 40 nominaciones); y un gran equipo técnico y artístico que deja su huella en vestuario, escenarios, … “Cumbres borrascosas” puede que sea un influyente icono del cine romántico hollywoodiense, pero desarrolla sus temas con gran profundidad y matices, además de estar rodada con el virtuosismo de los grandes ‘autores’ de la época; suficiente para que aún estemos hablando de ella.

 

– Para interesados en la Era Dorada de Hollywood.

– Imprescindible para coleccionistas de los relatos más románticos de la historia del cine (y de otros medios).

 

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