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Tras el éxito de “El avispón verde” (1966-67) y sus intervenciones en otras series clásicas como “Batman” (1966-68) o “Ironside” (1967-75), la popularidad de Bruce Lee estaba decayendo en EE.UU. cuando decidió volver a Hong Kong (donde había comenzado su carrera) para rodar como protagonista absoluto, junto al mítico productor Raymond Chow (“Operación dragón”, 1973, “Tortugas Ninja”, 1990, o “Duro de matar”, 1995), un film de bajo presupuesto que lo convirtió en la mayor estrella del cine asiático y lo encaminó a erigirse en la figura más famosa de la historia de las artes marciales. El carisma, la presencia y su vibrante estilo de lucha (opuesto a las acrobáticas florituras del cine de artes marciales de los 50 y 60), compensan con creces los pocos matices de la interpretacion de Bruce Lee; además de convertir un film como “Kárate a muerte en Bangkok”, que por lo demás es bastante convencional (técnica, narrativa y conceptualmente), en una pieza clave del cine del prolífico cine de acción hongkonés.

Cheng Chao-An (Bruce Lee) es un joven chino que llega a Tailandia para trabajar en una fábrica de hielo junto a su tío y sus primos. Pronto descubrirá que la fábrica es solo la tápadera de un negocio ilegal.

El veterano Wei Lo (“La Espada de Oro”, 1969, “Furia oriental”, 1972, “El puño del dragón”, 1979) fue el encargado de dirigir este thriller de acción con elementos dramáticos que sigue convencionalmente la estructura del cine de vengadores y justicieros urbanos; pero que tiene en sus icónicas escenas de peleas sus puntos álgidos. Pero al margen del magnetismo de Bruce Lee, “Kárate a muerte en Bangkok” (ridículo título español, Bruce Lee no hacía Kárate sino Kung Fu) puede ser apreciada por su carácter de cine de serie B setentero (y cutre); un film de explotación con sexo y violencia para ser consumido por público poco exigente, pero que se convirtió en una joya de culto para mitómanos y aficionados a las artes marciales de todo el mundo. El ejemplo perfecto de como un solo actor puede hacer que una mala película merezca la pena, incluso más de un visionado.

 

– Para echar un rato junto a un mito del cine.

– IImprescindible para historiadores del cine de acción.

 

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