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Conocido mayormente por su faceta de guionista (de “Las uvas de la ira”, 1940, de John Ford a “Doce del patíbulo”, 1967, de Robert Aldrich), Nunally Johnson también fundó su propia productora independiente, con la que rodó numerosas joyas menores de los años 40 y 50 (“A través del espejo”, 1956, “El pistolero”, 1950, o “Llama un desconocido”, 1952). “La mujer del cuadro” fue la cima de Johnson como productor, un turbio melodrama criminal a la altura del mejor cine negro de la época (fue una de las primeras películas denominadas con tal); que tiene en su inteligente guión, en la sabia dirección del maestro Fritz Lang (“Metrópolis”, 1927, o “M, el vampiro de Düsseldorf”, 1931) y en la carismática interpretación de Edward G. Robinson, sus puntos fuertes.

Richard Wanley (Edward G. Robinson) es un profesor de psicología que comienza a sentirse atraído por el cuadro de una mujer, expuesto en un escaparate. Pronto conocerá a la mujer en persona (Joan Bennett).

Con su pasado expresionista, su gusto por los simbolismos y las tramas con trasfondo, Fritz Lang resultó la elección perfecta para plasmar esa historia criminal (con femme fatale, falso culpable, asesinatos, …) que se mueve entre las contrastadas luces y sombras de Milton R. Krasner, al son de la intensamente opresiva banda sonora (nominada al Oscar) de Arthur Lange y Hugo Friedhofer. Lejana ya la lujosa majestuosidad de sus producciones alemanas, Fritz Lang demostró también tener talento para elevar la calidad de producciones con presupuestos modestos; explorando diversos recursos narrativos y convirtiendo sus limitaciones en señas de identidad del cine negro (numerosos interiores, oscuridad para ocultar imperfecciones, …). Con agilidad y misterio, Nunnally y Lang mantienen al espectador pegado a una trama impredecible y compleja, cargada de suspense y lugares comunes del cine negro (además de toques de humor absurdo); que nos habla de la obsesión y de la tragedia de dejarse llevar por las pasiones. Lang volvería al género en obras maestras como “Perversidad” (1945) o “Los sobornados” (1953).

 

– Para los que no se pueden resistir a una buena femme fatale.

– Imprescindible para estudiosos del cine negro clásico.

 

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