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El segundo y último film (tras el apreciable thriller de terror “La Residencia”, 1969) del gurú televisivo Narciso Ibáñez Serrador (creador del “Un, Dos, Tres”, 1972-2004, y de “Historias para no dormir”, 1964-82) fue un gran éxito de público en el momento de su estreno, y con el tiempo se ha convertido en uno de las más veneradas (tanto dentro como fuera) muestras de cine de terror patrio. La trama mezcla con soltura de serie B la impredecibilidad de la inocencia oscura de los niños de “El poblado de los malditos” (1960) con la desasosegante pasividad inquisitoria de “Los Pájaros” (1963) y con el terror claustrofóbico-maternal de “La Semilla del Diablo” (1968); y está plagada de referencias y homenajes al cine de terror (sobre todo al italiano), así como una crítica hacia el trato a la infancia, leit-motiv de la historia.

Evelyn (Prunella Ransome) y Tom (Lewis Fiander) son un matrimonio extranjero que visita una isla en la costa de Tarragona. Ella está embarazada y parece que esto ha desestabilizado un poco su relación. Cuando llegan a la isla no encuentran a ningún adulto.

Desde los títulos de crédito, que muestran detalladamente y con crueldad periodística el holocausto nazi o las hambrunas en Biafra; hasta el final, que homenajea clásicos como “La noche de los muertos vivientes” (1968), el film juega con una atmósfera opresiva, angustiosa y claustrofóbica, apostando por el terror puro y tocando temas como el aborto, la guerra, la paternidad, la violencia o el orden natural (lo que provocó que se prohibiese en países como Islandia o Finlandia); oscilando entre el ejercicio de terror cinéfilo y la crítica social. Una atmósfera malsana y enrarecida por el brillante sol, las solitarias localizaciones, la inquietante partitura de Waldo de los Ríos, el ecléctico reparto (un australiano y una inglesa al frente del reparto para dar empaque y proyección internacional) donde encontramos característicos del cine español como Luis Ciges o Antonio Iranzo y un final inolvidable e inquietante, hacen del film una joya de culto de la sencillez, la efectividad y el guiño cinéfilo.

 

– Para embarazadas aventureras con ganas de marcha.

– Imprescindible para conocer al abuelo del cine de Balagueró, Plaza o Vigalondo.

 

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