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Basándose en el encuentro de unos amigos con el estafador real David Hampton (y en “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger), el dramaturgo y guionista John Guare (“Juventud sin esperanza”, 1971, o “Atlantic City”, 1980) escribió una incisiva obra de teatro que a base de sátira y conversaciones intelectuales diseccionaba a la clase acomodada neoyorquina. En su traslación a la gran pantalla a manos del propio Guare “Seis grados de separación” conserva todas sus intenciones y logros argumentales. “Seis grados de separación” es una entretenida e inteligente fábula urbana, una comedia dramática que utiliza ciertos elementos de suspense para mantener la incertidumbre en el espectador; además de una mirada irónica, amarga y crítica a esa intelectualidad liberal neoyorquina que tanto juego le ha dado a Woody Allen.

Con numerosos saltos temporales, el matrimonio compuesto por Ouisa (Stockard Channing, que repetía su papel en el teatro y logró incluso una nominación al Oscar) y Flan (Donald Sutherland) relatan lo que ocurrió a partir de la llegada una noche a su casa de un amigo de sus hijos (Will Smith).

El director Fred Schepisi (“Roxanne”, 1987, “Un grito en la oscuridad”, 1988, o “Criaturas feroces”, 1997) nos sumerge con profesionalidad en una ingeniosa narración con forma de rompecabezas, en un discurso sobre el verdadero sentido de la vida, la importancia de los ideales, las crisis de madurez o sobre como las clases altas tienden a perder el contacto con la realidad. Sus orígenes teatrales se dejan ver en unas estupendas secuencias de diálogos, rodadas con agilidad e ingenio e interpretadas por una serie de estupendos actores que encajan a la perfección (Will Smith ya intentaba desencasillarse de “El príncipe de Bel-Air”, 1990-96). Siendo, paradógicamente, las secuencias más cinematográficas las que parecen estirar la trama de manera innecesaria. Todo aderezado por la banda sonora de Jerry Goldsmith (además de piezas clásicas de Dvorák, Wagner, Schubert, Tchaikovsky o Debussy) y las referencias artísticas que se esconden en cualquier rincón del film.

 

– Para los que creen que al cine de Woody Allen le sobra un poco de frivolidad.

– Imprescindible para recuperadores de joyas olvidadas de los 90.

 

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