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El director Seth Gordon (“Cómo acabar con tu jefe”, 2011) saltó a la fama con este documental que disecciona el sueño americano (y su ‘todo el mundo puede triunfar en una nación como los EE.UU.’, incluso el freak más inadaptado), con cierta ironía y nostalgia, por medio de uno de los grandes iconos de la cultura popular de los 80: los video-juegos (y en particular, por supuesto, el ‘Donkey Kong’). Gordon explota la épica de lo cotidiano mezclándola con toda la mitología friki de los ‘gamers’ y un ameno recorrido por la historia de las salas de máquinas en los optimistas años 80; además de interactuar con pocos escrúpulos (no se puede decir que sea un documental muy neutral) con los protagonistas en esta joya del cine indepediente que también funciona como un retrato de la inmadurez como forma de seguir disfrutando de la vida (aunque tampoco deja de lado ciertos aspectos pateticistas), estableciendo cierto simbolismo vintage con la idiosincrasia del mundo moderno.

El film sigue las vidas de Steve Wiebe, un profesor de ciencias, que pretende conseguir el record mundial de puntuación “Donkey Kong”; y de Billy Mitchell, el actual campeón mundial del juego, exultante propietario de una cadena de restaurantes y poseedor de records mundiales juegos de la ‘edad de oro del arcade’ (fue el primero en lograr la puntuación máxima en el “Pac-Man”, en 1999).

El director consigue enganchar al espectador desde el principio, gracias a un tratamiento cinematográfico del metraje, lo retorcido de su trama (en la que cabe desde la exploración psicológica hasta la exposición de las normas que rigen la competición y sus dudosos fundamentos) y unos personajes, virtuosos del joystick, que parecen sacados de un diccionario de tópicos. Gordon te sumerge en este mundo (con comedia, suspense, drama y hasta acción, eso si, virtual) con la pasión del aficionado irredento que conoce de lo que habla; atribuyendo roles estereotipados a sus personajes reales, convirtiéndolos en una especie de personajes de video-juego, marionetas con las que representar lo que, desde el principio quiere contar.

 

– Para cualquiera que pisase una sala de máquinas durante los 80.

– Imprescindible para lo que piensan que los ‘nerds’ no son competitivos.

 

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