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Tras la inquietante y atrevida trilogía formada por “Tatuaje”, 1978, “Bilbao”, 1978, y “Caniche”, 1979, y sus escarceos con el cine internacional (“Renacer”, 1981, o “Lola”, 1986) donde proseguía con su serie de perturbadoras obras de autor en las que exploraba las más retorcidas inclinaciones sexuales y el cómo estas guían a personajes antisociales y marginales; Bigas Luna rodó en inglés este experimento vouyerista de terror metalingüístico, con psicópata reprimido y madre castrense, que funciona tanto como un claustrofóbico ejercicio de cine dentro del cine a través de hasta cuatro niveles distintos de ‘realidad’, como un homenaje desmelenado al cine de terror desde los desvaríos psicológicos de Hitchcock (sobre todo “Psicosis”, 1960) a la sangrienta truculencia del mejor cine de horror italiano.

El film juega con distintos niveles narrativos en una suerte de estructura fractal que parte de dos amigas (Talia Paul y Clara Pastor) que están en un cine viendo un film de terror llamado “The Mommy”, en el que John (Michael Lerner) es un apocado y reprimido oftalmólogo que colecciona ojos y que está subyugado por su siniestra madre (Zelda Rubinstein). John va a un cine donde se proyecta “El Mundo Perdido” (Harry O. Hoyt, 1925) a ‘recolectar’ ojos mientras que en el cine ‘real’ una de las jóvenes cree que un siniestro espectador (Àngel Jové) está planeando hacer lo mismo que el protagonista del “The Mommy”.

Aunque olvidada tras el éxito de “Jamón, Jamón” (1992), este proyecto insólito en la industria cinematográfica española de los 80 es metacine de primera calidad, con el ojo como metafórica imagen recurrente y ‘leit motiv’ estético, en el que Bigas Luna vertió sus obsesiones habituales (la comida, los animales, la locura, la maternidad, …) al servicio de una sucia e hipnótica trama de terror rodeada de una atmósfera opresiva impresionante que tiene sus mejores armas en las inquietantes interpretaciones de un heterodoxo reparto, la desquiciante partitura de José Manuel Pagán, en la tenebrosa fotografía de Josep M. Civit, en su estimulante sentido del suspense y en su condición de cine de género de autor (y de culto).

 

– Para fans de Hitchcock, el terror adolescente de los 80 y los ejercicios de estilo del giallo italiano.

– Imprescindible para quien solo conozca al Bigas Luna de sus films posteriores.

 

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