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Aunque su gusto por el cine de género y los códigos del cine comercial han provocado que no alcance el reconocimiento absoluto de la crítica, pocos directores del siglo XXI han sabido desarrollar un discurso tan completo, ingenioso y virtuoso sobre la cultura popular como el británico Edgar Wright. Ya sea con muertos vivientes (“Zombies Party”, 2004), video-juegos (“Scott Pilgrim contra el mundo”, 2010) o invasiones alienígenas (“Bienvenidos al fin del mundo”, 2013), Wright siempre ha combinado el puro entretenimiento con una puesta en escena elegante, vibrante e inteligente (su uso del color del vestuario, …). “Baby Driver” es un frenético film de atracos y persecuciones automovilísticas (minuciosamente coreografiadas) que revive con su ágil montaje y su extensa banda sonora (de Simon & Garfunkel a Blur, de Beach Boys a The Damned, de Randy Newman a Queen) el lenguaje y la estética clásicos del video-clip (en 2003 ya hizo un ‘boceto’ en el video de la canción ‘Blue Song’ de Mint Royale); logrando una película plagada de acción, suspense, personajes estereotípicos y decenas de guiños cinéfilo-musicales que se convirtió en uno de los grandes éxitos del verano.

Baby (Ansel Elgort) es un joven que conduce coches en atracos para pagar una deuda al gangster Doc (Kevin Spacey). Abandonará la vida delictiva cuando la haya saldado, pero esto no será tan fácil como pensaba.

A pesar de contar con un argumento bastante previsible (con cierto trasfondo moral), “Baby Driver” es puro espectáculo cinematográfico, un atractivo catálogo de recursos narrativos y de puesta en escena que divierte y asombra; una furiosa ‘set piece’ a base de tiroteos, derrapes, riffs de guitarra, réplicas lapidarias, giros de guión y gafas de sol. “Baby Driver” es un melómano thriller criminal aderezado con humor negro y romance (de ese que tiene que superar numerosos problemas) que rinde tributo a la sincronicidad entre imagen y sonido; además de demostrar el amor de Wright por el pop, el rock, el funk, la música electrónica y films como “Driver” (Walter Hill, 1978) o “Heat” (Michael Mann, 1995).

 

– Para buscadores del mejor cine de acción automovilística.

– Imprescindible para acercarse a uno de los grandes autores del cine popular del siglo XXI.

 

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