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Aunque comenzó su carrera en su Francia natal, Jacques Tourneur alcanzó el éxito en Hollywood gracias a una serie de magníficos films de género donde demostró su talento e ingenio para convertir presupuestos humildes en grandes películas. Así, Tourneur nos dejó clásicos del terror (“La mujer pantera”, 1942, o “La noche del demonio”, 1957), del cine negro (“Retorno al pasado”, 1947), de las aventuras de capa y espada (“El halcón y la flecha”, 1950) y, por supuesto, del western; abordando argumentos que evitaban los clichés habituales del género en obras de culto como “Tierra generosa” (1946) o “Estrellas en mi corona”, un drama moral en torno a la necesidad de tener valores que nos guíen, rodado (en blanco y negro) con el lirismo épico de John Ford y la profundidad psicológica de Anthony Mann. El guión de Margaret Fitts (“Los contrabandistas de Moonfleet”, 1955, de Fritz Lang), basado en una novela de Joe David Brown desarrolla una serie de temas controvertidos (como el racismo, la guerra, la violencia, la corrupción, la religión, …) que ayudan a configurar una suerte de parábola social sobre el nacimiento de los EE.UU.

El film nos introduce en las vidas de los habitantes de la ciudad de Walesburg, a la cual llega tras la Guerra Civil el predicador Josiah Gray (Joel McCrea); armado con sus discursos y dos pistolas.

A pesar de su origen modesto (el mismo Tourneur trabajó casi gratis) al margen de las grandes producciones de la época (y de su escasez en escenas de acción, persecuciones y tiroteos), “Estrellas en mi corona” contaba con la apasionada puesta en escena de su director, que logra sumergirnos en esta especie de relato coral trufado de dilemas éticos y emociones humanas. “Estrellas en mi corona” aprovecha los códigos estéticos e históricos del cine del oeste para confeccionar una historia de buenas intenciones fácilmente emancipable de la fe cristiana que profesa el protagonista (el respeto, la solidaridad, la honestidad o la honradez no son exclusivos del catolicismo u otros cultos organizados.

 

– Para coleccionistas de obras del culto del western clásico.

– Imprescindible para los que aprecian el cine del oeste como cine histórico y no de acción.

 

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