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Tras una década trabajando como escritor a sueldo en Hollywood, Preston Sturges logró el control creativo de sus guiones, dirigiendo en un lustro un buen puñado de obras maestras del humor sofisticado como “Las tres noches de Eva” (1941), “Los viajes de Sullivan” (1941), “Un marido rico” (1942) o “El milagro de Morgan Creek”, una divertida comedia de enredo que aprovecha el ambiente bélico de la época para hablarnos del conflicto entre la tradición (con sus paradojas y sus hipocresías) y la modernidad (con su liberación femenina), entre los prejuicios sociales y el libre albedrío. “El milagro de Morgan Creek” es una comedia romántica atrevida y atípica (tuvo problemas con la censura debido a la personalidad descocada de la protagonista y ciertos paralelismos religiosos); una sátira de las relaciones sentimentales y de las convenciones sociales en torno a la pareja repleta de diálogos agudos y situaciones ingeniosas e irónicas.

Aficionada a salir a bailar y beber, Trudy (Betty Hutton) se despierta, tras pasar la noche con las tropas que van a combatir en la II Guerra Mundial, casada y embarazada. El problema es que no recuerda más que un apellido.

Y es que Sturges construye el film a partir de la ironía de no poder distinguir entre el patriótico apoyo a las tropas, acompañándolos y entreteniéndolos, y la promiscuidad sexual; arremetiendo por el camino con las grandes instituciones sociales: la religión, el matrimonio, los medios de comunicación, la política, … Preston Sturges no solo consigue una trama inteligente y entretenida (con un tronchante y caricaturesco plantel de personajes secundarios) sino que también la desarrolla con una agilidad envidiable (con momentos verdaderamente frenéticos) y una competente puesta en escena. Tal vez a “El milagro de Morgan Creek” le falte alguna estrella de la época y le sobre algo de humor facilón (que parece funcionar como distracción de un mensaje más crítico), pero es una película atrevida, creada para entretener y poner en tela de juicio los esquemas tradicionales, que sigue siendo más que disfrutable 80 años después.

 

– Para coleccionistas de los grandes clásicos de la comedia de enredo.

– Imprescindible para conocer a Preston Sturges.

 

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