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De las muchas adaptaciones que se han hecho de la obra del clásico de la literatura norteamericana Mark Twain (“El príncipe y el mendigo”, 1937, o “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, 1949), esta excelente muestra de cine de aventuras para toda la familia es posiblemente la que más virtudes sume. Y es que “Las aventuras de Tom Sawyer” (cuarta adaptación de la novela de Twain y primera en color) contó con la siempre entregada y perfeccionista producción de David O. Selznick (que consolidaría su estatus de mito de Hollywood con “Lo que el viento se llevó”, 1939); el buen oficio del realizador Norman Taurog, un artesano que se movía igual de bien en el drama (“Forja de hombres”, 1938), en la comedia (“El cantante loco”, 1951) o con el mismísimo Elvis (“G.I. Blues”, 1960, o “Amor en Hawaii”, 1961) en nueve ocasiones; un guión de John V.A. Weaver (“Y el mundo marcha”, 1928) que nos sumerge en una época más sencilla y pura, de una manera idealizada y nostálgica, pero decididamente entrañable; además de con un reparto estupendo con secundarios de la talla de Walter Brennan o May Robson.

Tom Sawyer (Tommy Kelly) es un joven de un pequeño pueblo a orillas del Mississippi que vive con su tía Polly (May Robson). Tom es travieso e ingenioso, lo que lo mete en numerosos problemas.

Acompañada por una minuciosa recreación del ambiente rural de Missouri a mediados del XIX (incluidos los escenarios de William Cameron Menzies para la secuencia de la cueva), por un buen uso del Technicolor y una emocionante banda sonora del gran Max Steiner; “Las aventuras de Tom Sawyer” es una comedia de aventuras que utiliza el punto de vista de la infancia para elaborar un ameno pero intencionado discurso en torno a problemáticas sociales y éticas características de la época (pero fácilmente extrapolables a la actualidad). Pero sobre todo, este viaje repleto de peligros, sorpresas, misterios y alegrías, es una oda a la infancia, a la libertad y al contacto con la naturaleza, a la ausencia de prejuicios y a la rebeldía ante las enquilosadas normas de los adultos.

 

– Para ver como reaccionan ante el los niños de la actualidad.

– Imprescindible para los que pasaron su infancia con las rodillas raspadas y las manos llenas de barro.

 

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