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A pesar de haber dirigido casi un centenar de películas desde 1923 (explorando temas como el anti-totalitarismo, la situación de la mujer o el conflicto entre tradición y modernidad), no fue hasta despues de la II Guerra Mundial cuando se descubrió en Occidente el trabajo del director japonés Kenji Mizoguchi; logrando un enorme éxito entre la crítica europea (y festivales como Cannes o Venecia) gracias a obras maestras como “La vida de Oharu, mujer galante” (1952), “Cuentos de la luna pálida” (1953), “El intendente Sansho” (1954) o “Los amantes crucificados”, un melodrama cruel y elegantemente poético que nos habla de las injustas e hipócritas normas de la sociedad feudal nipona. “Los amantes crucificados” es triste y desoladora pero humana, un genial estudio psicológico y sociológico, crítico y conmovedor, compuesto con precisión, sentimiento e inteligencia por uno de los mejores realizadores del siglo XX; suficiente para asomarse a un universo tan aparentemente lejano como realmente cercano.

Osan (Kyôko Kagawa) es la esposa de Ishan (Eitarô Shindô), un funcionario de Tokio. Un día Osan es acusada falsamente de serle infiel con Mohei (Kazuo Hasegawa), un empleado de su marido. Juntos tendrán que huir de la justicia.

En “Los amantes crucificados” (basada en una obra del prolífico dramaturgo del siglo XVII Chikamatsu Monzaemon), Mizoguchi utiliza el adulterio y el romance imposible para desarrollar un discurso atemporal que establece inevitables paralelismos entre el Japón del período Edo y el de la posguerra. Pero “Los amantes crucificados” no solo es un film profundo temáticamente y complejo conceptualmente, sino que también es visualmente sobresaliente. A la particular puesta en escena de Mizoguchi (con sus bellos planos-secuencia consecuencia de su pasado como pintor) se unen un ejemplar trabajo de fotografía en blanco y negro, que juega magistralmente con las luces y las sombras, una emocionante banda sonora (de Fumio Hayasaka, colaborador habitual de Akira Kurosawa) y una minuciosa recreación de la época; convirtiendo el film en una obra maestra absoluta.

 

– Para coleccionistas de obras maestras del cine más allá de Occidente.

– Imprescindible para interesados en la cultura cinematográfica y la japonesa.

 

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