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Aunque en sus más de tres décadas de carrera Ernst Lubitsch cultivó diversos géneros, fue la comedia el que lo convirtió en uno de los grandes cineastas del siglo XX. Y en el último tramo de su filmografía su talento para el humor sofisticado, los enredos amorosos y la sátira ingeniosa brilló más que nunca en obras maestras como “Ninotchka” (1939), “El bazar de las sorpresas” (1940), “Ser o no ser” (1942) o “El diablo dijo no”, una divertida comedia romántica con aires de cuento fantástico que lanza sus dardos hacia el totalitarismo y la intolerancia (además de cierta crítica a las clases altas). Tal vez “El diablo dijo no” sea menos incisiva y atrevida que otros films del cineasta berlinés, pero siendo un ejemplo perfecto de porqué el llamado ‘toque Lubitsch’ era sinónimo de inteligencia, sutileza, sugerencia e ironía; escondiendo tras su aparente tono ligero y bienintencionado un trasfondo crítico y mordaz.

Cuando Henry Van Cleve (Don Ameche) muere va al infierno donde ha de confesar sus pecados al diablo (Laird Cregar). Allí relata como creció en una familia rica y vivió su juventud como un mujeriego.

La primera película en color de Lubitsch también tiene ese encanto visual del Technicolor, que unido al placer de ver a su trío protagonista (la belleza de Gene Tierney, el encanto de Don Ameche o la simpatía de Charles Coburn), a la magnífica banda sonora del nueve veces oscarizado Alfred Newman (de 44 nominaciones) y a la profesionalidad del director de “Un ladrón en la alcoba” (1932), configuran un entrañable clásico de la comedia americana. Como en la mejor comedia de la época dorada de Hollywood, “El diablo dijo no” cuenta con afilados diálogos y atractivos secundarios, además de con un cuidado diseño de producción, con esas icónicas escenas de ‘puertas y escaleras’ tan recurridas por Lubitsch y alguna secuencia memorable. No estamos ante una de las mejores de Lubitsch, sobre todo comparada con sus grandes obras; pero si ante una buena película con originalidad e ingenio por encima de la media, que sería más apreciada si la hubiera dirigido un desconocido.

 

– Para coleccionistas de la mejor comedia clásica americana.

– Imprescindible para amantes de la comedia romántica sobrenatural.

 

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