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Tras 20 años como gurú del cine de bajo presupuesto, Roger Corman (“La pequeña tienda de los horrores”, 1960, o “La máscara de la muerte roja”, 1964) seguía en los 70 buscando nuevos talentos, atrevidos y desenfadados (directores como Joe Dante o Jonathan Demme surgieron de esa cantera). Y Paul Bartel (“¿Y si nos comemos a Raúl?”, 1982) fue uno de esos jóvenes con ganas de hacer cine que tras dirigir para Corman la bizarra comedia de terror “Neurosis asesina” (1972) se puso manos a la obra con esta agresiva distopía (entre el cómic ultraviolento y el pulp más satírico) ambientada en un universo alternativo y rodada con más cachondeo que medios, que aprovechaba el tirón del cine automovilístico de los 70 (“Punto Límite: Cero”, 1971, de Richard C. Sarafian o “60 segundos”, 1974, de H.B. Halicki) y la moda de films sobre futuros alienantes y violentos (“Soylent Green: Cuando el destino nos alcance” de Richard Fleischer, 1973, o “Rollerball” de Norman Jewison, 1975) para construir una descerebrada pero sangrante parábola crítica sobre la sociedad moderna.

En unos EE.UU. convertidos en dictadura totalitaria; el gobierno organiza una carrera de costa a costa, en tres días, atropellando a la máxima gente posible. Entre todos los competidores destaca el duro y misterioso Frankenstein (David Carradine) que tendrá que vérselas con un gangster llamado Joe Viterbo (Sylvester Stallone).

Con sus buenas dosis de violencia y sexo gratuito y su radical humor políticamente incorrecto, “La carrera de la muerte del año 2000” es uno de los más carismáticos films ‘explotation’ de la historia; un divertimento de culto para los amantes del cine de género técnicamente imperfecto pero que ha dejado para la posteridad un antihéroe memorable (una mezcla de Diabolik y ‘Snake’ Pliskken con cirugía estética y partes cibernéticas) y algunas de las escenas más icónicas de la serie B (como esas enfermeras sacando a los viejos a la carretera para que sean atropellados) haciéndose un hueco en la cultura popular moderna (en videojuegos como “Carmaggedon”, 1997, o films como “Death Proof”, 2007, de Quentin Tarantino).

 

– Para coleccionistas de los hitos de la serie B de los 70 e interesados en la factoría Corman.

– Imprescindible para amantes de las historias pulp más descabelladas de la ciencia-ficción.

 

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